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Los jóvenes de la generación del canje se levantan más
temprano que cualquier otro colombiano. Incluso antes que
Álvaro Uribe o 'Manuel Marulanda Vélez'. El reloj del
Presidente timbra a las 4:30 de la mañana en la casa privada
del Palacio de Nariño, en el centro de Bogotá. A esa misma
hora cantan los gallos que despiertan al comandante de las
Farc en la espesura de la selva. Media hora antes, a las 4 en
punto, los jóvenes de la generación del canje inician su
febril actividad a lo largo y ancho del país.
Son los
hijos de los políticos, soldados y policías secuestrados por
las Farc y a quienes la guerra les cambió para siempre sus
vidas y los sentimientos hacia el país. Casi sin excepción hoy
son los mejores de sus clases, los más consagrados en sus
trabajos y los amantes más incondicionales de Colombia. ¿Por
qué son tan pilos?, se les pregunta. Y todos, con algunos
matices, tienen la misma respuesta: "Para cuando mi papá
regrese a la libertad. Tomarlo de la mano y decirle: puedes
sentirte orgulloso, todo esto lo hice por ti".
Por eso
madrugan tanto. De la cama saltan al teléfono y de inmediato
marcan a las emisoras donde hay espacios dedicados a los
secuestrados. Según cifras oficiales, en Colombia hay
aproximadamente 3.000 secuestrados, por lo que el tiempo
apremia. Si la llamada es exitosa saludan a sus padres con un
tono firme. "Así uno esté mal nunca hay que mostrarse débil
porque el mensaje los derrumbaría. Por eso hay que contarles
cosas positivas", dice Óscar Mauricio Lizcano Arango, de 27
años, hijo del representante a la Cámara Óscar Tulio Lizcano,
secuestrado el 5 de agosto de 2000, cuando inauguraba una
cancha de fútbol para la vereda Getsemaní de Riosucio
(Caldas).
Además en los esporádicos cruces de
comunicación, reciben una prueba de supervivencia en promedio
cada año y medio; algunos papás con un tono de sorprendente y
fina ironía se han permitido incluso licencias para llamarles
la atención sobre los mensajes: "Mi amor por favor cuando
hables por la radio deja de decirme: 'reza, reza mucho papá'.
¡Carajo mijo eso ya lo sé! ¿Acaso qué crees que me la paso
haciendo todo el día?".
Y cuando no pueden comunicarse
sienten una frustración pasajera porque no tienen tiempo para
lamentos. "Tenemos muchas cosas qué hacer y uno no puede
ponerse a llorar", explica María Carolina Pérez Rodríguez, de
24 años, hija del senador Luis Eladio Pérez, secuestrado el 10
de junio de 2001 en la vereda La Victoria, de Ipiales
(Nariño), durante una reunión con los alcaldes de la región.
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| El papá de Mauricio, Óscar Tulio Lizcano, fue
secuestrado el 5 de agosto de 2000, cuando inauguraba
una cancha de fútbol para la vereda Getsemaní de
Riosucio (Caldas) |
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| El papá de Jenny Estefani, el coronel Mendieta,
fue secuestrado en la toma de Mitú, el domingo primero
de noviembre de 1998. |
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| El papá de María Carolina, Luis Eladio Pérez, fue
secuestrado el 10 de junio de 2001 en la vereda La
Victoria, Ipiales, durante una reunión con alcaldes de
la regióna |
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| El papá de Luis Ernesto, Fernando Araújo, fue
secuestrado el 4 de diciembre de 2000 en una calle de
Cartagena cuando había salido a hacer
ejercicios |
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| El papá de Jorge Andrés, Jorge Eduardo, fue
secuestrado el 20 de febrero de 2002 en el cielo, en un
avión de Aires que había partido de Neiva y que fue
obligado a aterrizar en una carretera de
Huila | Y probablemente la
agenda de ellos puede ser la más copada de cualquier joven
colombiano. Porque además de aprender a vivir con la ausencia
de sus padres son expertos en derecho internacional
humanitario (DIH) convenios de Ginebra, protocolos y cualquier
expresión relacionada con la humanización del conflicto .
Atrás quedaron los días de adolescentes despreocupados
que miraban pasar el país desde la orilla. Ahora su compromiso
es total. Por eso manejan un volumen de información como
pocos. Un ejemplo: antes del secuestro de sus padres y como la
mayoría de los jóvenes, ni siquiera miraban las páginas
editoriales de los diarios. Hoy cada uno sabe qué propone cada
columnista, qué dice aquel otro entre líneas, qué piensa tal
político, para dónde va ese ministro. Y estudian hasta el
detalle cualquier oración del presidente Uribe, por casual que
sea, y cada comunicado de las Farc.
Ven todos los
noticieros y escuchan las emisoras de información. Los que
tienen carro tienen grabadas las frecuencias de noticias y los
demás llevan siempre un radio a mano. "Uno está pendiente de
lo que acontece", dice Luis Ernesto Araújo Rumie, de 24 años,
hijo del ex ministro de Desarrollo Fernando Araújo Perdomo,
secuestrado el 4 de diciembre de 2000, en Cartagena en un
atardecer fresco, a 50 metros de su casa, y cuando terminaba
su rutina de ejercicios que incluía 10 kilómetros de trote.
Por eso son agradecidos con los medios de
comunicación, aunque les reprochan sus 'extras' y 'avances
noticiosos'. "Uno queda frío frente al televisor pero casi
nunca realmente son noticias de trascendencia o de última hora
sino trampas para atraer la atención", explican.
Y
todos tratan ser elegantes y sobrios, aunque evidencian los
errores propios de jóvenes que aprendieron a vestirse solos.
"Un día un profesor en la universidad que sabe de mi caso me
dijo con discreción que me quedara después de clase para
explicarme algo. Me enseñó a hacer bien el nudo de la
corbata", cuenta uno.
En la mayoría de los casos, sus
padres han seguido formándolos desde la manigua. Por ejemplo,
Jenny Estefani Mendieta Paredes, de 17 años, hija del coronel
Luis Herlindo Mendieta Ovalle, secuestrado por las Farc en la
toma de Mitú hace más de cinco años, ha recibido enseñanzas de
él a través de sus excepcionales pruebas de supervivencia. Son
cartas y breves mensajes en los que el oficial le da consejos
paternales a la niña que él vio por última vez cuando ella
tenía 11 años. Lo que pasa es que mientras él ha estado
pudriéndose en la selva, la pequeña creció y hoy es una
hermosa adolescente a punto de sacar la cédula de ciudadanía.
Hace unos años ella le hizo saber a través de correos
que tenía la intención de ponerse un piercing, como las
muchachas de su edad. El coronel, que donde hubiera seguido su
carrera normal hoy sería general de la República, le contestó:
"Tú sabes que a mí no me gusta esa moda. Pero, amor mío, sé
libre, disfruta la libertad, que tanto vale, y haz lo que tú
creas correcto".
La joven luce su piercing en la
nariz, como también está orgullosa de lo que ha hecho desde el
secuestro de su padre. Se graduó de bachiller en el Gimnasio
Emilio de Brigard en 2002, hizo dos semestres de odontología
en el Colegio Odontológico y ahora estudia segundo semestre de
medicina veterinaria y zootecnia en la Universidad de Ciencias
Aplicadas y Ambientales (Udca).
Tan consagrado como
ella es Jorge Andrés Gechem Artunduaga, de 14 años, hijo del
congresista Jorge Eduardo Gechem Turbay, secuestrado
exactamente hace dos años, paradójicamente cuando se
desempeñaba como presidente de la Comisión de Paz del Senado.
Fue el 20 de febrero de 2002 en un avión de Aires, acción por
la que el proceso de paz de las Farc con el gobierno de Andrés
Pastrana estalló en mil pedazos. Aunque es un adolescente se
expresa con autoridad sorprendente. "Yo no podía rendirme. Y
aunque confieso que el primer año del secuestro de mi papá
dejé bajar mi promedio académico y quedé como de quinto o
sexto, ya me recuperé y estoy entre los dos primeros de la
clase", cuenta orgulloso.
Además de ser un buen
deportista, de tener un fresco sentido del humor, como la
mayoría de sus compañeros que atraviesan esta situación, cita
de memoria artículos del DIH y sabe las fechas que cambiaron
la historia de Colombia.
Porque si algo los une a
todos es su inconmensurable amor por el país. Son unos
convencidos absolutos de su futuro y de su gente. "Colombia es
la tierra prometida", dicen.
Pero aclaran que ellos no
sienten un amor simbólico. "No se trata de decir que somos
colombianos porque nos gusta Carlos Vives y el aguardiente",
precisa María Carolina Pérez. No. Ellos creen que el país se
construye con tejido social, con trabajo duro, con fundaciones
que ayuden a los más necesitados, con generación de empleo,
con una salida negociada al conflicto, con el fortalecimiento
de las instituciones democráticas, con la redistribución de la
riqueza y, sobre todo, con los colombianos tirando para el
mismo lado.
Porque, según ellos, al país se lo llevó
el diablo el día en que se dejó de perdonar. "El campesino
odia al policía que lo reprime, éste odia al alcalde porque lo
mira por encima; éste a su vez, al terrateniente que lo ordena
y éste, al campesino porque ve en él a un posible
guerrillero", afirman.
Para ellos hay que desarmar los
espíritus y convencer a los colombianos de que el país tiene
que ser el mejor del mundo. "Si hay pueblos que se han
desarrollado y viven en civilidad en medio del desierto, por
qué nosotros no podemos salir del atraso y superar los
problemas en semejante paraíso", dice Araújo.
Paraíso
al que le sacan el mayor provecho. Dicen por ejemplo que en
medio de su trajín, siempre hay una fracción de segundo para
echarles un vistazo a los atardeceres. Para la mayoría de los
mortales, el sol siempre está ahí y es una verdad de a puño
que nadie plantea. En cambio ellos saben disfrutarlo porque
aprendieron que el sol no sale para todos. Como para sus
padres. Los testimonios de los liberados les cuentan que los
campamentos donde están secuestrados son húmedos, cercados por
la maleza y en tinieblas. En la mayoría de los casos, las
copas de los árboles no dejan pasar los rayos del sol. Por
eso, algunos padres les preguntan en las notas que las Farc
les permiten enviar: "¿.Y cómo está el sol?".
Pero
además del sol procuran deleitarse con otros placeres. Por eso
han desarrollado como pocos los cinco sentidos. Por ejemplo,
el del gusto. Cuando se comen un postre o un helado lo hacen
como si lo hubieran hallado en medio de un desierto. Lo hacen
porque sus padres les describen sus dietas: "No probamos
carne, ni un huevo y menos la leche. De dos años para acá
todos los días, sin excepción, la comida ha sido pasta y
arroz".
Y se han vuelto expertos en flora y fauna. El
papá de uno de ellos atrapó un colibrí en el campamento, hecho
del que su hijo se enteró meses después. Ahora el niño es
amante de esos pájaros para saber cómo es el compañero de
cautiverio de su papá. Otro atrapó una paloma mensajera herida
con un número atado a una de sus patas. El secuestrado la
rescató, la sanó y la volvió su mascota. Pero la paloma murió
semanas después. Lo que al principio fue un testimonio
conmovedor para la familia ahora se les convirtió en una tarea
semanal. "Mi papá nos mandó decir: no vamos a llorar por la
paloma. Lo vamos a tomar más bien como un mensaje de buena
suerte. Así que vamos a jugar el Baloto con el número que
traía escrito". Toda la familia juega sin falta y dicen con
humor: "De pronto este secuestro sirve para hacernos
millonarios".
Y aunque no han perdido su alegría
juvenil rumbean más bien poco, pues para ellos no hay
ocasiones especiales. "Las fiestas de Navidad y Año Nuevo son
las más importantes para el país. A nosotros, sin nuestros
padres no nos dicen nada por ahora", explican.
De las
celebraciones regionales como la Feria de Cali o el Carnaval
de Blancos y Negros o las Fiestas de San Pedro que se realizan
donde vivían con sus familias en el momento del secuestro
prefieren apartarse con discreción. "La fiesta grande será
cuando regresen", dicen. Además hay celebraciones de las que
prefieren olvidarse. Por ejemplo, Jenny Estefani recuerda la
noche de los niños: cuando su padre la llamó hace seis años
desde Mitú para explicarle que el regreso quedaba pospuesto
por dos días, "dijo que yo sabía que la gente de Mitú era muy
pobre y que los niños tenían pocas fiestas". Entonces, él que
debía regresar a Bogotá antes del 31 de octubre para iniciar
su curso de coronel, pidió permiso y decidió quedarse para
organizarles a los pequeños del pueblo una piñata con los
policías disfrazados de payasos. La fiesta fue de 2 a 5 de la
tarde. Cuando terminó la jornada de risas empezó la de sangre
y dolor. Esa misma noche, las Farc atacaron con 1.200 hombres
a 120 policías. El coronel Mendieta alcanzó a llamar a la casa
en el fragor de los combates, a las 4:30 de la madrugada, se
comunicó con la pequeña y le dijo: "Mi amor si yo muero tú
tienes que seguir adelante, siempre adelante". Fue la última
vez que lo escuchó.
Desde entonces lo aguarda para
celebrar: "Yo quería que me celebrara los 12 años, luego los
15 y aunque sé que no pudo, ahora sí tengo la convicción de
que estará para mis 18 años". Los demás también han tenido
motivos para festejar. Por ejemplo Mauricio Lizcano, mientras
su padre ha estado cautivo, se graduó de abogado en la
Universidad del Rosario, fue director territorial de Bogotá y
Cundinamarca, secretario de Tránsito de Manizales, asesor del
ministro Fernando Londoño, asesor de la ministra de
Comunicaciones, coordinador de Colombianos por el Referendo y
ahora espera la respuesta para una beca a la Universidad de
Harvard. Hechos por los que seguro cualquier otro muchacho
estaría feliz. Él en cambio lo asume como parte de un
compromiso en homenaje para el ser ausente.
Igual pasa
con Luis Ernesto Araújo. Cuando su papá fue secuestrado
atravesaba la mitad de su carrera en la Universidad de Los
Andes. Hace 20 días se graduó de abogado, y ahora trabaja en
la secretaría general de la Presidencia de la República como
enlace con el Congreso. Y como todos, forma parte de los
grupos que dan charlas, conferencias y conversatorios sobre el
intercambio humanitario. En ambos casos fueron por el diploma,
sin ceremonia, y al rato ya estaban trabajando.
En
esas tareas han viajado por todo el país. María Carolina
Pérez, por ejemplo, estudiaba ciencia política en la
Universidad de Montreal cuando ocurrió el secuestro de su
padre. Apenas se enteró, se vino para Colombia, se matriculó
en Los Andes y continuó estudiando idiomas. Hoy habla inglés,
español y francés y también es delegada del municipio de Pasto
y de Nariño en Bogotá para asuntos nacionales e
internacionales.
Ellos ahora se encargan también de
cuidar a sus mamás, creen que en esta tragedia son ellas las
que mayor dolor soportan. Igual o más que los propios
secuestrados. La soledad se las devora a diario. "Me siento
como una viuda sin muerto y una divorciada sin papeles", le
dijo hace unos días una de ellas a sus muchachos. Por eso,
ellos siempre las acompañan. "Nos maduraron a la fuerza",
explica Jorge Andrés Gechem.
Creen que la historia les
jugó una mala pasada. Abrigan la esperanza de estar sufriendo
los últimos coletazo del conflicto armado. Por eso procuran
entender las decisiones del presidente Uribe y del comandante
de las Farc. Del primero creen que es un defensor del Estado
que usa las leyes como herramienta y del segundo les duele que
se haya equivocado de ruta. "¿Cómo puede ser que el hombre que
se jugó la vida, lanzándose al monte para construir una
sociedad más igualitaria, haya terminado como mercader de
vidas humanas?", se preguntan.
Aunque no saben la
respuesta sí tienen la certeza de que el país ya tocó fondo y
que nada peor puede pasar. "¿Qué más grave puede haber que
crecer con una generación cuyos padres están atrapados en la
selva como si fueran animales?", insisten. Y por eso cultivan
el convencimiento de que el inmediato mañana será mejor porque
consideran que esta etapa de la historia nacional es como un
regreso al pasado. "Como cuando el hombre se ganó hace siglos
su don más preciado: la libertad. Tan pronto todos, sin
excepción, le devolvamos a la libertad el valor que se merece
la rueda de la historia girará de nuevo hacia adelante",
explican.
A pesar de que saben que tanto el presidente
Uribe como el comandante de las Farc tienen la capacidad de
decidir sobre el destino de sus padres, dicen que ellos rara
vez entran en sus sueños. Duermen poco y siempre con una
presión en el pecho, con una angustia que no se ha ido desde
el día del secuestro. Pero en sus sueños pasan los rostros de
sus padres con la imagen deseada de cuando regresen a la
libertad. Y se muestran optimistas porque a pesar de las
dificultades saben que al final cada uno de sus papás vencerá
y regresará a casa sano y salvo. Aunque desde la muerte del
gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria y del ex ministro
Gilberto Echeverri las Farc les hicieron saber que en este
instante, en cualquier campamento hay un miembro de las Farc
con una arma dispuesto a apretar el gatillo contra sus padres
en caso de una operación de rescate, ellos no se rinden y se
muestran optimistas y luchadores.
Ante la pregunta de
si no ha habido ocasiones en que se hubieran sentido cansados,
derrotados y sin las fuerzas suficientes para cumplir con los
proyectos que se han trazado, Mauricio Lizcano responde: "Mi
papá me escribió una carta desde la selva en la que tengo una
frase subrayada: recuerda que tú eres una cometa, una hermosa
cometa, y las cometas para elevarse necesitan el viento
contrario. Nada es fácil en la vida hijo. Pero una buena
cometa, como tú, siempre logrará sus objetivos. Cuando estés
volando alto y libre y contra la dureza de los vientos,
reafirmarás que vale la pena luchar y que peleando sin
rendirse jamás es que la vida tiene sentido".
Y eso
hacen: luchar sin treguas. Una lucha que incluye los siete
días de la semana y todas las semanas del año. Por ejemplo,
los sábados en la madrugada mientras miles de jóvenes se toman
las ciudades para rumbear, ellos están pegados al teléfono
porque ahora el programa Las voces del secuestro transmite
cinco horas continuas desde las 12 de la noche hasta el
amanecer del domingo.
Si bien es un espacio masivo,
para ellos, es un rincón de intimidad. Por eso hacen como si
les contaran a los oídos de sus papás sus logros. Estos, por
su parte, siempre los escuchan, allá en la profundidad de la
selva, como lo confirman en las pruebas de supervivencia.
Pruebas que para ellos son vitales. Porque aunque algunos les
dan connotaciones de chantaje a cuenta gotas, para ellos es la
vida misma. Y aunque son contadas las cartas o videos que las
Farc dejan sacar cuando llegan a su destino, ellos entran en
un estado de enorme ansiedad, luego de emoción y
posteriormente de tranquilidad porque así saben con certeza
que están vivos.
Confían en esas pruebas como única
evidencia porque en muchas ocasiones reciben visitas de
extraños que dicen tener un contacto para hacerles llegar a
sus familiares mensajes. Eso sí, aclaran que necesitan medio o
un millón de pesos para ayudas del transporte. En muchas
ocasiones han caído en la trampa y se han gastado sus ahorros
para dárselos a un mensajero que jamás en la vida han vuelto a
ver.
Pero no se defraudan e insisten porque, según
ellos, en Colombia es más la gente buena. Por eso se muestran
agradecidos con todos los que les han dado una mano. "Hay que
ser optimistas para sacar adelante a Colombia, tenemos que dar
ejemplo. Somos conscientes de las dificultades de nuestro país
y como son tantas, uno no tiene tiempo para lamentarse",
insiste Araújo. Por eso, probablemente son los últimos
colombianos en acostarse, al filo de la medianoche, mientras
recuerdan las charlas con sus padres. Evocan aquellas noches
en que ellos les leían cuentos infantiles. Cuentos que
mandaron al baúl de los recuerdos porque hoy cuando se están
haciendo mujeres y hombres adultos prefieren leer historia de
Colombia. De la cual, sin saber a qué horas, ahora son
protagonistas.
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