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El primer eslabón de la cadena de hechos sobre la aparente liberación de Íngrid Betancourt fue un desconocido campesino, cuya información fue la base que permitió que se tomaran decisiones tan serias como el desplazamiento de la familia al Amazonas y el posterior envío de un avión militar francés a territorio brasileño. Astrid Betancourt se ha referido a él como el “contacto” de las Farc. Ese contacto efectivamente existió, pero no es de la guerrilla. Se trata de una persona que hace unas semanas llegó a la ciudad con una única misión: contactar a la familia Betancourt y llevarla al Amazonas para supuestamente recibir a Íngrid de vuelta a la libertad. El Espectador conoció la totalidad de la historia. Hace unas semanas, cuando se desplazaba en una zona selvática, esta persona, que no identificaremos por su seguridad, tuvo contacto con un grupo de hombres de las Farc quienes le encomendaron esta tarea con urgencia. Así que sin tener más opción, viajó a Bogotá y buscó contacto con la Iglesia a través de un párroco. A él le narró esta historia y le pidió ayuda. Éste lo condujo a una entidad del Distrito, que analizó el caso y lo consideró creíble y muy delicado por tratarse nada menos que de la liberación de la candidata presidencial que tiene ya 17 meses secuestrada y de quien se dice ha estado muy enferma en su cautiverio. La entidad decidió entonces acudir directamente a la Presidencia de la República y allí informarle al presidente Uribe. La persona que portaba la información fue escuchada una y otra vez por distintos funcionarios de alto nivel que analizaron la veracidad de la versión. La conclusión del pormenorizado análisis fue que los datos eran confiables y se procedió a contarle a la familia Betancourt. El propio presidente Uribe les contó a los familiares de Íngrid, que sin más espera decidieron que Astrid, la hermana, iría a recibirla. Astrid Betancourt viajó a Leticia alentada por una información con el aval presidencial y por esto se explica además que la llamada al gobierno francés haya tenido efecto inmediato. La labor del informante no llegó hasta ahí. Se desplazó hasta el Amazonas, donde debía contactar a un sacerdote en Leticia y desplazarse por el río a San Antonio de Ica, en territorio brasileño, y preguntar por un hombre. “El desarrollo de los hechos nos permitió establecer que la información coincidía con lo que esta persona nos había dicho, pero desconocemos las razones por las cuales no se dio la liberación”, le dijo a El Espectador un funcionario que estuvo al tanto de los hechos. Mientras esto pasaba, 12 funcionarios franceses, entre los que se encontraban médicos y agentes de la agencia de inteligencia francesa DGSE, esperaban en el Hotel Tropical de Manaos, según informó el diario parisino ‘Le Monde’ en su edición de ayer. Allí la policía federal se percató de su presencia y de la del avión, y constató que el gobierno central en Brasilia no tenía información. El gobierno francés aceptó haber enviado el avión con ayuda humanitaria para Íngrid, pero no se explicó por qué no le informó al gobierno brasileño de la operación. Juan Carlos Lecompte, esposo de Íngrid, asegura con la tristeza que le produce la frustrada liberación, que es muy posible que la información suministrada por esta persona, y que originó este episodio, que ya involucra a tres países, no haya sido verídica. “Yo creo 50 y 50”, dice. Queda la duda sobre si algo falló en la operación, o si por el contrario la liberación no se iba a dar nunca dadas las características complejas que rodean este secuestro y se haya tratado de un montaje hasta ahora incomprensible, en que cayeron de buena fe las autoridades colombianas y francesas.
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