Bogotá - Colombia 14 de marzo de 2004
Domingo
 

La estoica soledad de “Mamá Yolanda”

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Texto: Jorge Cardona Alzate / Foto: Herminso Ruiz y Archivo

Vivió el poder político y la democracia la honró con notables privilegios. Fue reina de belleza y se volvió famosa como promotora de albergues para niños sin hogar. Se destacó en la diplomacia y puso en alto el nombre de Colombia ante las élites de Europa. Pero la ruleta del destino modificó su suerte y hoy cambiaría todas las distinciones de su vida por la libertad de su hija Íngrid Betancourt.

Es la soledad de Yolanda Pulecio Vélez, una mujer que degustó las mieles del reconocimiento público y que nunca necesitó antesala para acceder a los medios, pero que hoy, a sus 66 años, por los azares de la paz y la guerra, cambió a ministros, embajadores o intelectuales por esposas de policías y soldados en cautiverio. Y por la libertad de su hija soporta la animadversión de quienes creen que su gestión desalienta los esfuerzos del Gobierno o confunde a la comunidad internacional en su interpretación sobre el conflicto colombiano.

Pero “Mamá Yolanda”, como fue conocida en el escenario social y político, tiene una larga historia. En 1955, a los 17 años, representó a Cundinamarca en el Reinado Nacional de la Belleza. Sin embargo, cuatro años después, en medio de su aureola de popularidad, en un abandonado cuartel contiguo a la iglesia de la Veracruz en Bogotá, contempló a un grupo de niños abandonados, peyorativamente llamados “gamines”, y encontró la razón de su vida. Entonces creó su primer albergue, de los cuatro que hoy conserva en el sur de la capital.

Ese mismo año contrajo matrimonio con el diplomático conservador Gabriel Betancourt y para 1961 ya habían nacido sus dos hijas: Astrid e Íngrid. En 1963, a su esposo lo designaron como director adjunto de la Unesco en Francia, y la familia tomó una casa en Neuilly, al borde del bosque de Bolonia. En este plácido ambiente crecieron sus hijas. Fueron cinco años inmersos en el universo cultural parisino, hasta que en 1966, el presidente Carlos Lleras nombró a Gabriel Betancourt como Ministro de Educación, y regresaron a Colombia.

La evidencia de gratitud de su primer paso por Europa es un pergamino fechado en París el 9 de mayo de 1965, que Yolanda Pulecio conserva en una de las esquinas de su apartamento en el barrio Los Rosales. En él se lee: “A Yolanda, el Partido Liberal agradecido”. Y acto seguido, una larga lista de firmas de personalidades, encabezada por el ex presidente liberal Eduardo Santos.

EL REGRESO

Ya reubicada en Bogotá, Yolanda Pulecio recobró sus albergues infantiles y el entonces alcalde de la capital, Virgilio Barco, la nombró como directora del departamento de Bienestar Social.

Fueron dos años de intensa actividad pública, pero en enero de 1969 Gabriel Betancourt dejó la cartera de Educación y fue nombrado embajador de Colombia ante la Unesco. Entonces la familia regresó a París y se instaló en un refinado apartamento de la avenida Foch. Astrid e Íngrid ingresaron al prestigioso Institut de l’Assompition a continuar sus estudios, y su padre retomó su condición de magnífico anfitrión y diplomático. Pero Yolanda Pulecio empezó a sentir nostalgia por sus albergues y por el acontecer de su país.

La familia retornó a Bogotá, y al tiempo que “Mamá Yolanda” reiniciaba su actividad proselitista, pues ya la había picado el bicho de la política, comenzó a vivir el duro trance de la separación de su esposo. Fueron días difíciles en los que, como hoy, Yolanda Pulecio estuvo en el blanco de la comidilla social. No obstante, su hija Íngrid, en su libro La rabia en el corazón, defendió así la actitud asumida por su madre: “Ella se separó de su esposo para recuperar un papel activo en la sociedad, pero se encontró juzgada, criticada, difamada y condenada por esta misma sociedad”.

Aún así, Yolanda Pulecio no se rindió ante el escándalo social, y apoyada por sus amigos del llerismo, con el audaz eslogan “Déjenme trabajar por sus hijos”, se lanzó al Concejo de Bogotá. Y salió elegida. Pero su ambiente familiar y social siguió minando sus fuerzas, y tres meses después aceptó la propuesta de retornar a París como consejera en la embajada de Colombia. Sólo regresaría al país diez años más tarde. Se ubicó en un apartamento en el bulevar Saint-Germain, y alejada de su ex esposo y de sus hijas, empezó a vivir su nueva condición de diplomática separada.

Para 1980 ya la acompañaban sus dos hijas. Astrid como estudiante de derecho e Íngrid matriculada en ciencias políticas. Y con ellas compartió su vida hasta que eligieron sus destinos. Entonces dedujo que había llegado la hora de regresar para siempre a su país y a sus albergues. Pero llegó a una Colombia en llamas. En 1986 salió elegida como representante a la Cámara, y desde su curul entró a apoyar la candidatura presidencial de Luis Carlos Galán, un viejo amigo del barrio San Luis, con quien además había compartido los famosos bazares de la parroquia del Divino Salvador.

“A Galán le cabía Colombia en la cabeza, y lo constaté en largas conversaciones para perfilar el Código del Menor, que en 1989 fue mi obsesión legislativa”, comentó Yolanda Pulecio, quien ese mismo año ingresó a su campaña como organizadora de las giras en Cundinamarca. Y se comprometió tanto con el candidato, que incluso estuvo presente el día de su asesinato. Ese viernes 18 de agosto de 1989, almorzando en un restaurante italiano en el norte de Bogotá, Yolanda Pulecio se cansó de implorarle que cancelara su cita con la muerte en la plaza central de Soacha.

Pero Galán le dejó en claro que no pensaba esconderse. A las pocas horas se precipitó la tragedia. “Cuando llegamos a Soacha, empezó a caer una lluvia de claveles rojos. El instinto me decía que estábamos en peligro. Después subimos al platón de una camioneta, y un guardaespaldas tomó mi mano para que tocara el chaleco antibalas de Luis Carlos. Minutos después llegamos a la tarima. Galán saltó de la camioneta, y cuando yo hacía lo mismo tropecé y quedé atrasada del grupo principal. En fracción de segundos empezaron los disparos”, recordó Yolanda Pulecio.

En medio del caos, la congresista se refugió en la alcaldía de Soacha. Pero en el momento en que la radio informó que Galán estaba vivo y que necesitaba sangre 0 negativo, Yolanda Pulecio se subió a una ambulancia y llegó al hospital de Kennedy. Se logró hacer una transfusión de sangre, pero la suerte del caudillo estaba echada. Galán murió y, como no había llegado su familia, ella fue la única persona cercana que estuvo en el instante de su deceso. Ese mismo día, hacía la medianoche, su hija Íngrid llamó desde París sin saber la noticia. Ambas lloraron la suerte de Colombia.

Al año siguiente, Yolanda Pulecio se lanzó al Senado. Nuevamente salió elegida, pero en 1991 la Asamblea Constituyente revocó el mandato del Congreso. Entonces “Mamá Yolanda” se concentró en sus albergues en los barrios Mandalay, San Antonio, San Jorge y El Progreso, y comenzó a seguir de cerca los pasos políticos de su hija Íngrid. A principios de 1994 se produjo el relevo. “Desde la muerte de Galán ya no tengo la energía ni la fe. Me retiro de la política. ¡Lánzate, Íngrid! Este es el momento”, le insistió a su hija, quien en marzo salió elegida a la Cámara.

Yolanda Pulecio se concentró en su obra y a vivir a plenitud su condición de madre y abuela. Vibró con la gestión de Íngrid durante el juicio al ex presidente Samper, celebró su victoria en 1998 cuando llegó al Senado, y a finales de 2001 se convirtió en fiel escudera de su campaña presidencial. Pero llegó el 23 de febrero de 2002 y su vida volvió a cambiar radicalmente. Ese día, las Farc secuestraron a Íngrid Betancourt. Un mes más tarde murió su ex esposo Gabriel. Ella creyó que era una racha que debía pasar pronto. Pero han transcurrido dos años y Yolanda Pulecio no declina en su lucha.

Cada día que pasa, busca un apoyo porque despierta y comienza a agobiarla un dolor que no cesa. Pero piensa en Íngrid y en el coraje y la lealtad de Clara Rojas, e implora a Dios que le dé fuerzas para seguir peleando hasta verlas libres. Sabe que la critican, pero contraargumenta con un axioma simple: “¿Y qué madre no haría mucho más por su hija?”. Y agrega convencida: “Estoy segura de que el pueblo me apoya. Cuando voy en un taxi, a la iglesia o al mercado, la gente me dice: ‘Estamos con usted, Mamá Yolanda, rezamos por su hija todos los días’. Entonces me convenzo de que no puedo parar”.

Por eso soporta los insultos con altura y estoicismo. Entiende que su misión incomoda al Gobierno pero insiste: “Tengo el apoyo de los ex presidentes, la gestión de la Iglesia es admirable, la comunidad internacional está con Íngrid. Me duele, pero no me importa que Francisco Santos descalifique a Íngrid, o que su hermano Rafael me insulte. Alguien tiene que decirlo: En Colombia hay que humanizar la guerra”. Y se queda en silencio. A su lado se lee otro pergamino de recuerdo, fechado en París en enero de 1971. Lo escribió el maestro Darío Echandía: “¿El poder para qué? Yolanda sí sabe”.

 

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