LAS VOCES DE LA ESPERANZA
Fecha: 5/9/2004

Por: Juan David Laverde y Libardo Cardona / La Revista El Espectador. --- Gracias a la radio no han perdido la esperanza y las inclemencias de la selva se hacen menos crueles. Por eso los secuestrados atesoran con más celo este aparato que la misma comida que les ofrecen y los cambuches en los que duermen. Y lo hacen porque saben que en cualquier momento puede colarse a través de ese pequeño aparato el alentador mensaje de aquel hijo que no volvieron a ver, o la tierna voz de aquella esposa que aún espera noticias en su casa, o el desencajado lenguaje de una madre que aún espera pruebas de supervivencia.

Es el drama de los miles de secuestrados que tiene el país y que, como sus familias, acuden religiosamente a una cita inaplazable con esos mensajes radiales que emiten programas como Las voces del secuestro, de Caracol Radio, o En busca de la libertad perdida, de la Fundación País Libre, que se transmite por la Radiodifusora Nacional de Colombia.

El invento de Erbin Hoyos

En marzo de 1994, el periodista tolimense Erbin Hoyos Medina estuvo secuestrado por las Farc durante 17 días. Los guerrilleros lo llevaron a zona rural del municipio de Ataco (Tolima) y, al final, el Ejército lo rescató. Desde el momento mismo del rescate, Hoyos se comprometió a hacer algo por los secuestrados.

Apenas estuvo en Bogotá, Hoyos –un curtido corresponsal de guerra que estuvo en los conflictos de Iraq, Bosnia-Herzegovina, Sarajevo, Belgrado, Angola y Sierra Leona– les dijo a sus jefes que tenía en mente ayudarles a los secuestrados y sus familiares con un programa radial en el que los segundos pudieran enviar mensajes de esperanza para aquellos que estuvieran privados de la libertad. En los primeros minutos del domingo 4 de abril de 1994, Hoyos inició en Radio Caracol el programa Las voces del secuestro que, según el periodista, “es un espacio en el que los familiares de los secuestrados expresan el duelo a su manera”.

Seguramente Hoyos Medina no midió el alcance de su invento, pues hoy por hoy Las voces del secuestro es una cita obligada de todos los secuestrados de Colombia y sus familiares y amigos. Él calcula que durante estos diez años el programa –que dura entre tres y cuatro horas– ha transmitido unos 150.000 mensajes. La mayoría son en vivo y por vía telefónica, y en menos grado también se transmiten mensajes pregrabados y recibidos por internet.

“Lo más reconfortante de todo esto es cuando tenemos el honor de tener aquí, en cabina, a alguien que ha sido liberado y que nos dice ‘yo escuchaba los mensajes’. A partir de ese momento, uno se vuelve un entrañable amigo de ese secuestrado y es una amistad que nunca se terminará”, sostiene Hoyos Medina.

Durante estos 10 años, por Las voces del secuestro han pasado todos los estratos de Colombia. Desde el rico hasta el pobre. El micrófono ha estado abierto para allegados de políticos, industriales, ganaderos, militares... También para niños y niñas... Y hasta para presidentes de la República. Hoyos cuenta, por ejemplo, que en varias oportunidades el ex presidente Andrés Pastrana utilizó el programa para enviarles mensajes a amigos suyos secuestrados. “A veces Pastrana decía que no mencionaran su nombre, pero el receptor del mensaje seguramente sí estaba pendiente de él”, cuenta Hoyos, quien advierte que Las voces del secuestro le ha servido también para no volver a tomarse un trago de licor. “Esto es una vocación. Mi vida social se acabó porque ya estoy mentalizado de que los sábados por la noche debo estar en Caracol para cumplir la cita con los secuestrados. Hay algo que me pone orgulloso: en estos diez años, el programa nunca ha dejado de transmitirse, incluso ni en navidades ni años nuevos”.

Y siguiendo con los presidentes, el 26 de marzo del año pasado uno de los tantos estudiantes de periodismo que le ayudan a Erbin Hoyos a hacer el programa contestó el teléfono y del otro lado de la línea le dijeron: “Soy Álvaro Uribe Vélez”. El asustado muchacho, que no había tenido tan de cerca a un presidente, le comentó lo que sucedía a Hoyos, quien antes de enviar la llamada al aire tuvo que verificar que, en efecto, se trataba de Álvaro Uribe. “Era un mensaje de esperanza del Presidente para todos los secuestrados del país”, recuerda Erbin Hoyos.

Las voces del secuestro también ha sido el escenario para increíbles historias. Hoyos cuenta que una vez una señora le envió un mensaje a su esposo, que estaba secuestrado, en el que le decía que lo quería y extrañaba mucho; a los pocos minutos también envió otro mensaje un hermano del secuestrado: “No le crea a ese mensaje que le acaba de mandar su mujer. Ella se la está jugando con otro y está en embarazo, y creo que el hijo no es suyo porque usted ya lleva un año secuestrado”. En otra oportunidad, Hoyos tuvo en la cabina de Caracol a dos señoras que en la vida no se habían visto; cuando la primera terminó de enviar su mensaje, la otra le preguntó por qué lo hacía: “Porque es mi esposo”, respondió. “No, él es mi marido”, replicó la otra. Al final, las dos mujeres se dieron cuenta de que habían sido engañadas por el mismo hombre que estaba secuestrado. “En presencia mía, las dos mujeres juraron que no le volverían a enviar mensajes”, sostiene el periodista Hoyos.

Pero detrás de Las voces del secuestro no sólo está Erbin Hoyos. También los más de 200 estudiantes de periodismo que durante estos diez años han ayudado a hacer el programa. En el programa del 25 de abril, El Espectador fue testigo de la dedicación que esos muchachos le ponen al programa. Para muestra un botón: Paula Granados y Eliana Herrera, quienes a pesar de haber terminado sus prácticas universitarias y de ser en la actualidad periodistas profesionales, sagradamente cada semana se presentan en los estudios de Caracol para ayudar a hacer Las voces del secuestro. “Es que esta gente, tanto secuestrados como sus familiares, prácticamente se vuelven familia de uno”, sostiene en tono nostálgico Paula Granados.

Ese aparente vínculo familiar es el que hace que cada ocho días al control principal de Caracol lleguen algunos regalos. “Pero no en plata, porque qué tal cobrar por esto. Esos regalos son en comida. Cada ocho días los familiares de los secuestrados nos mandan, por ejemplo, una paellita o unos sanduchitos. Y eso uno lo agradece mucho”. El día en que La Revista de El Espectador realizó este reportaje, la comida (unos diez sánduches) la envió doña Amalia de Márquez, la mamá de Kike Márquez, un joven abogado que fue secuestrado hace ya casi cinco años por guerrilleros de las Farc, en pleno centro de Bogotá.

Y una cosa final sobre Las voces del secuestro: ha ganado en infinidad de veces premios internacionales por su aporte social; en Colombia, en cambio, no ha recibido siquiera un diploma que diga que el programa existe y que envía mensajes a los más de 3.000 secuestrados que hay en el país.

La tragedia de la incertidumbre

Desde su creación en octubre de 1998, el programa En busca de la libertad perdida, de la Fundación País Libre, ha grabado alrededor de 500 programas radiales a través de los cuales se han enviado unos diez mil mensajes. Mensajes que minuto a minuto han llenado de esperanza a estas desesperadas víctimas del conflicto, y que demuestran ese ánimo vital de sus familias para decirles que no los olvidan, que aún están en sus memorias, aun cuando saben que lo único cierto de su suerte es la incertidumbre misma.

El programa, transmitido de lunes a jueves por la Radiodifusora Nacional, se ha convertido en un espacio para que cientos de familias encuentren refugio y paz. “Nosotros nos hemos convertido en una familia”, comenta Marina de López, madre de Jorge Eliécer López, secuestrado el 26 de mayo de 1999. Y agrega: “Aquí nosotros nos reunimos cada viernes en la tarde (día en el que se graba el programa) y les mandamos mensajes a nuestros parientes secuestrados. Ya sabemos las tragedias de las otras familias y a veces discutimos sobre éstas. ¡El dolor compartido es un poco menos doloroso!”.

Y aunque nunca ha recibido pruebas de supervivencia, Marina alberga en su corazón la ilusión de volver a ver a su hijo pronto. “Yo sí creo que está vivo”, comenta sin asomo de duda en sus palabras y con un raro gesto de lánguida resignación en su rostro. Como ella, cada semana Gladys Patricia Bautista visita los pasillos de Inravisión. No puede faltar a esta cita con el micrófono. Según ella, su hermano, el sargento Mario Aníbal Bautista –secuestrado el 12 de marzo de 1997–, la escucha religiosamente a la espera de sus mensajes.

Pero, como Marina, la familia Bautista Suárez aún desconoce la suerte de su hijo, de quien hasta la fecha no existen pruebas de supervivencia. “Ni siquiera sabemos qué grupo armado lo secuestró”, dice. “Pero estamos convencidos de que vive y que nos escucha”, apunta nuevamente, mientras se dispone a entrar a la cabina para enviarle su mensaje. Esta vez la acompaña su pequeño hijo. “Tío, aunque no te conozco, espero que estés bien...”, empieza el infante su mensaje ante los micrófonos. Y en seguida Gladys toma la palabra, y mientras lee cuidadosamente las líneas de una carta para su hermano, su rostro se desvanece en la nostalgia, en tanto que a sus inmensos ojos se asoman unas cuantas lágrimas.

“¿No le parece paradójico que mientras mi familia sufre ese vacío y esa incertidumbre de no saber de la suerte de Mario Aníbal, el Ejército crea que desertó de las filas armadas?”, apunta, con rabia, Gladys. Charlas como estas son las que pululan en el estudio número uno de Inravisión todos los viernes. Mientras la mayoría de gente espera pacientemente poder entrar a la cabina para dejar sus mensajes, es común encontrar largas conversaciones repletas siempre de dolor, resignación, nostalgia y, sobre todo, de esperanza.

“El estudio es pequeño pero acogedor”, señala Joaquín López, otro de los peregrinos del lugar. Su hija, Dora Elizabeth López –plagiada por las autodefensas el 14 de marzo de 2002–, cumplió ayer 29 años. Por esta razón su padre se adelantó a la celebración y le envió un mensaje de aliento a su hija: “Esperamos tenerte nuevamente muy pronto. Ojalá pases bien tu cumpleaños...”.

Historias tan desgarradoras como estas son las que llenan aquel reducido lugar de ese aire de solemnidad. Estar allí y compartir el vacío de sus seres queridos, se ha convertido para estas personas en una catarsis, en un ejercicio que cada semana congrega el dolor que produce la incertidumbre, pero que a la vez libera el espíritu esperanzador que guarda su fe.

Y a pesar de conocer sus dramáticas historias al derecho y al revés, “cuando conversamos nuestros dramas la cosa parece más fácil. Uno se siente menos solo”. ¿Y los secuestrados? Allá en la espesa manigua, en la selva, siempre atentos a estos mensajes, también se sienten menos solos. Todo gracias a Las voces del secuestro y a En busca de la libertad perdida.

Otra vía de comunicación

Hace 15 días arrancó un proyecto que busca también convertirse en un puente de comunicación entre los secuestrados y sus familiares.

En efecto, el pasado 28 de abril la Fundación La Nueva Esperanza inició en las 28 emisoras de la Policía Nacional (de tres a cuatro de la tarde) un espacio para que las víctimas del secuestro reciban las voces de esperanza de sus familiares y amigos.

Gustavo Adolfo Muñoz Roa, fundador y actual director de La Nueva Esperanza, y que con fines extorsivos fue secuestrado por las Farc en 2002, dice que este nuevo espacio será vital para los secuestrados y sus allegados. Según él, el hecho de que se transmita (los miércoles) de tres a cuatro de la tarde garantiza que los mensajes lleguen a sus destinatarios, porque de noche es más difícil que los secuestrados les permitan a sus víctimas utilizar la radio.

El proyecto de La Nueva Esperanza y la Policía es, pues, otra ventana que se abre para las víctimas del delito más atroz: el secuestro.