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¿Cómo definir el proceso de paz de Pastrana? ¿Locura,
error, ingenuidad? ¡No! No es serio tratar despectivamente una
política que comprometió a casi todo el mundo, tuvo apoyo
popular, y que implicó una tragedia para todos. Fue
simplemente un proceso sin apoyo en la teoría y en la
historia.
Estamos cumpliendo un año del descalabro. Poco se habla ya
del asunto y no son muchos los vainazos. Unos no quieren
autoflagelarse con la autocrítica, otros no van a ir por ahí
sacándoles la lengua, si saben que su estrategia debe sortear
tantos escollos. Los protagonistas de ayer son conscientes de
que su proyecto fracasó. Los contradictores enfrentan ahora la
tarea gubernamental. Muchos ‘apaciguadores’ colaboran con el
nuevo gobierno y –aunque aún se oyen las muletillas de
“solución negociada”, “causas objetivas”, “actores armados”,
“guerreristas”– el país aplica el lenguaje y la política de
Seguridad Democrática, contracara de la negociación a
ultranza.
Visto por “guerreristas”
Se creía que la “salida negociada” con las Farc estaba de
un cacho, como decía Juan Manuel Santos. Cuando algunos
dijimos ¡no hay tal!, nos apabullaron con toneladas de papel y
nubes de microondas. ¿Cuál era nuestra visión? Si revisan
archivos observarán que los candidatos presidenciales
compitieron a muerte por la foto con Pedro Antonio Marín.
Ciertas ideas conducían a Colombia al “derrotismo”, comparable
con las de Chamberlain frente a Hitler.
La doctrina de “factores objetivos” causantes de la
violencia generó un sentimiento de culpa que puso a pensar al
país que si sonaba un balazo, los empresarios lo habían
disparado, por su costumbre de ganar plata con el sudor del
pobre. Extranjeros, ONG, embajadas, miraban acusadores a la
élite colombiana como al muchacho que armó un tierrero con sus
metidas de pata en la administración de asuntos sociales.
Comenzó, entonces, la competencia de ofertas: “La acción del
Estado se concentrará en las causas objetivas de la violencia:
la pobreza y la inequitativa distribución del ingreso”, dijo
Andrés Pastrana.
El desborde de la criminalidad se definió como una “guerra”
y, con cierto desparpajo, se le informó a Colombia que estaba
perdida. “La paz nace del convencimiento de que nadie tiene la
victoria militar (…). El conflicto no tiene vencedores a la
vista”, escribió el candidato Serpa, el mismo día del desastre
de Las Delicias.
Había que negociar. No sólo lo predicaban los candidatos.
El presidente de entonces le dijo al canciller alemán: “La
guerrilla ofrece las mayores dificultades, sin que las
propuestas de reconciliación sean consideradas. Estimamos
conveniente se pueda iniciar un procedimiento dirigido a
propiciar un diálogo útil y constructivo que permita alcanzar
la paz duradera”.
Las condiciones estaban que ni mandadas a hacer para que
Serpa o Pastrana dieran el paso. Pastrana ganó de mano con la
intermediación de Álvaro Leyva. Ya como presidente, persistió
en la azarosa línea de ir a buscar a los guerrilleros. “El
presidente debe negociar directamente con la guerrilla. Lo
demás es retórica vacía”, dijo en la televisión. La historia
de por qué Pastrana llegó primero que Serpa está descrita en
Diario Íntimo de un Fracaso, escrito por Téllez, Montes y
Lesmes.
Mientras tanto, los que estábamos en la otra orilla, vimos
los increíbles pasos del Gobierno y las respuestas soberbias
de las Farc. Años de política y el estudio de las Farc
enseñaban que no había tales guerrilleros buenos pero
incomprendidos que mostraba el comisionado Ricardo. Las Farc
eran una organización vieja, con ideologías que incorporaban
el marxismo. Ninguna señal indicaba su renuncia a ganar el
poder. No hacían caso a los discursos humanitarios que
predicaban el arrepentimiento de sus métodos brutales.
¿Qué Pasó?
Sin Estado, la vida del hombre es solitaria, sórdida,
bestial y breve. De la zona de despeje echaron a cualquiera
que lo representara. Impusieron condiciones de vida y de
relación social parecidas a las Polpotianas. Construyeron
campos de concentración, regresaron a normas y costumbres
premodernas como los impuestos confiscatorios, prisión por
deudas, delitos sin tipo penal predefinido, destierro por
comportamientos contrarios a la moral fariana. No obstante, el
mundo los visitaba, les hablaba a los comandantes de poesía;
había transmisión en vivo y en directo.
Un realinderamiento político dividió al país entre
progresistas “partidarios de la negociación política”,
miembros de la “sociedad civil” y “demócratas” versus
derechistas o “guerreristas”. Y a Uribe no le quitó el sueño
ser calificado como candidato de derecha. “Soy demócrata con
sentido de autoridad y capitalista con vocación social. No soy
de extrema derecha, pero tampoco de extrema flojera”.
Mucha gente se enredó en la miel pacifista. Sólo unos
pocos, liderados por Uribe, decidieron nadar contra la
corriente. A pesar de que su discurso era sosegado y racional,
llovieron contra él bombas verbales y materiales. La idea
elemental de que sin cooperación ciudadana no puede haber
seguridad, la llamaron ‘paramilitarismo’. Al ejercicio de la
autoridad lo catalogaron de ‘fascismo’.
El uribismo nunca fue condescendiente con el proceso,
porque sabía que el monopolio de la fuerza no es negociable.
Tampoco creyó que hubiese un “conflicto social” que
justificara la violencia, porque sabía que la democracia es la
única arma que resuelve conflictos. Algún día volverá a haber
diálogos. ¿Por qué no con este gobierno? Pero serán serios y
útiles. Con gente arrepentida, dispuesta a aceptar el perdón y
el olvido.
*Asesor Presidencial
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