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Bogotá - Colombia 24 de febrero de 2003
Lunes
 

¿Por qué estuvimos en la otra orilla?

José Obdulio Gaviria Vélez*

¿Cómo definir el proceso de paz de Pastrana? ¿Locura, error, ingenuidad? ¡No! No es serio tratar despectivamente una política que comprometió a casi todo el mundo, tuvo apoyo popular, y que implicó una tragedia para todos. Fue simplemente un proceso sin apoyo en la teoría y en la historia.

Estamos cumpliendo un año del descalabro. Poco se habla ya del asunto y no son muchos los vainazos. Unos no quieren autoflagelarse con la autocrítica, otros no van a ir por ahí sacándoles la lengua, si saben que su estrategia debe sortear tantos escollos. Los protagonistas de ayer son conscientes de que su proyecto fracasó. Los contradictores enfrentan ahora la tarea gubernamental. Muchos ‘apaciguadores’ colaboran con el nuevo gobierno y –aunque aún se oyen las muletillas de “solución negociada”, “causas objetivas”, “actores armados”, “guerreristas”– el país aplica el lenguaje y la política de Seguridad Democrática, contracara de la negociación a ultranza.

Visto por “guerreristas”

Se creía que la “salida negociada” con las Farc estaba de un cacho, como decía Juan Manuel Santos. Cuando algunos dijimos ¡no hay tal!, nos apabullaron con toneladas de papel y nubes de microondas. ¿Cuál era nuestra visión? Si revisan archivos observarán que los candidatos presidenciales compitieron a muerte por la foto con Pedro Antonio Marín. Ciertas ideas conducían a Colombia al “derrotismo”, comparable con las de Chamberlain frente a Hitler.

La doctrina de “factores objetivos” causantes de la violencia generó un sentimiento de culpa que puso a pensar al país que si sonaba un balazo, los empresarios lo habían disparado, por su costumbre de ganar plata con el sudor del pobre. Extranjeros, ONG, embajadas, miraban acusadores a la élite colombiana como al muchacho que armó un tierrero con sus metidas de pata en la administración de asuntos sociales. Comenzó, entonces, la competencia de ofertas: “La acción del Estado se concentrará en las causas objetivas de la violencia: la pobreza y la inequitativa distribución del ingreso”, dijo Andrés Pastrana.

El desborde de la criminalidad se definió como una “guerra” y, con cierto desparpajo, se le informó a Colombia que estaba perdida. “La paz nace del convencimiento de que nadie tiene la victoria militar (…). El conflicto no tiene vencedores a la vista”, escribió el candidato Serpa, el mismo día del desastre de Las Delicias.

Había que negociar. No sólo lo predicaban los candidatos. El presidente de entonces le dijo al canciller alemán: “La guerrilla ofrece las mayores dificultades, sin que las propuestas de reconciliación sean consideradas. Estimamos conveniente se pueda iniciar un procedimiento dirigido a propiciar un diálogo útil y constructivo que permita alcanzar la paz duradera”.

Las condiciones estaban que ni mandadas a hacer para que Serpa o Pastrana dieran el paso. Pastrana ganó de mano con la intermediación de Álvaro Leyva. Ya como presidente, persistió en la azarosa línea de ir a buscar a los guerrilleros. “El presidente debe negociar directamente con la guerrilla. Lo demás es retórica vacía”, dijo en la televisión. La historia de por qué Pastrana llegó primero que Serpa está descrita en Diario Íntimo de un Fracaso, escrito por Téllez, Montes y Lesmes.

Mientras tanto, los que estábamos en la otra orilla, vimos los increíbles pasos del Gobierno y las respuestas soberbias de las Farc. Años de política y el estudio de las Farc enseñaban que no había tales guerrilleros buenos pero incomprendidos que mostraba el comisionado Ricardo. Las Farc eran una organización vieja, con ideologías que incorporaban el marxismo. Ninguna señal indicaba su renuncia a ganar el poder. No hacían caso a los discursos humanitarios que predicaban el arrepentimiento de sus métodos brutales.

¿Qué Pasó?

Sin Estado, la vida del hombre es solitaria, sórdida, bestial y breve. De la zona de despeje echaron a cualquiera que lo representara. Impusieron condiciones de vida y de relación social parecidas a las Polpotianas. Construyeron campos de concentración, regresaron a normas y costumbres premodernas como los impuestos confiscatorios, prisión por deudas, delitos sin tipo penal predefinido, destierro por comportamientos contrarios a la moral fariana. No obstante, el mundo los visitaba, les hablaba a los comandantes de poesía; había transmisión en vivo y en directo.

Un realinderamiento político dividió al país entre progresistas “partidarios de la negociación política”, miembros de la “sociedad civil” y “demócratas” versus derechistas o “guerreristas”. Y a Uribe no le quitó el sueño ser calificado como candidato de derecha. “Soy demócrata con sentido de autoridad y capitalista con vocación social. No soy de extrema derecha, pero tampoco de extrema flojera”.

Mucha gente se enredó en la miel pacifista. Sólo unos pocos, liderados por Uribe, decidieron nadar contra la corriente. A pesar de que su discurso era sosegado y racional, llovieron contra él bombas verbales y materiales. La idea elemental de que sin cooperación ciudadana no puede haber seguridad, la llamaron ‘paramilitarismo’. Al ejercicio de la autoridad lo catalogaron de ‘fascismo’.

El uribismo nunca fue condescendiente con el proceso, porque sabía que el monopolio de la fuerza no es negociable. Tampoco creyó que hubiese un “conflicto social” que justificara la violencia, porque sabía que la democracia es la única arma que resuelve conflictos. Algún día volverá a haber diálogos. ¿Por qué no con este gobierno? Pero serán serios y útiles. Con gente arrepentida, dispuesta a aceptar el perdón y el olvido.

*Asesor Presidencial

 

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