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El dolor por la ausencia de sus seres queridos sale a flote
cada vez que los evocan. Aferrados a los recuerdos y a la
esperanza de un gesto humanitario, siguen esperando que el
interrumpido vuelo de Jorge Eduardo Gechem y la marcha
inconclusa de Íngrid Betancourt y Clara Rojas terminen de una
vez por todas.
Hace exactamente 365 días que doña Yolanda Pulecio habló
por última vez con su hija, la ex candidata presidencial
Íngrid Betancourt, quien la llamó para contarle que ya estaba
muy cerca de San Vicente del Caguán, lugar en donde presidiría
una manifestación de apoyo a los campesinos tras la ruptura de
los diálogos de paz.
En un pueblo de Cundinamarca, Clara Rojas se enteró ese
mismo día por vía telefónica que la marcha era un éxito y que
su hija menor –bautizada con el mismo nombre– regresaría a
Bogotá al día siguiente, en compañía de Betancourt, a quien
servía como asesora privada.
Pero la marcha se detuvo intempestivamente en Montañita
(Caquetá), en donde las Farc impidieron el paso a los
caminantes, se llevaron a Betancourt y Rojas, y dejaron un
carro bomba que posteriormente acabó con la vida de uno de los
mejores expertos antiexplosivos del país. Hasta ahí saben sus
familias.
Tres días atrás, las Farc habían secuestrado un avión
comercial en el que viajaba el ex senador Jorge Eduardo
Gechem, de quien no han enviado pruebas de supervivencia. Ese
fue el último secuestro que hicieron durante la vigencia de la
antigua zona de distensión del Caguán, que fue abolida horas
después por el ex presidente Andrés Pastrana. Los de
Betancourt y Rojas, los primeros tras su disolución.
Sus historias se suman a las de más de 3.000 colombianos
que permanecen cautivos por los actores armados por razones
políticas o extorsivas, a la espera de una solución para su
drama. Tienen en común el dolor y la impotencia de no poder
hacer algo para la liberación de los suyos, y la coincidencia
de haberse hecho amigos gracias a la tragedia que
comparten.
Un año después de terminada la zona de distensión, no paran
de tocar puertas en busca de una noticia alentadora para sus
vidas. Yolanda Pulecio ofreció rezar de por vida el rosario
para que su hija vuelva a casa. Los Gechem continuaron con su
rutina de vida, pues quieren que el ex congresista encuentre a
su regreso la misma armonía en el hogar. Los Rojas prefieren
sufrir en silencio. Temen que cualquier pronunciamiento suyo
pueda agravar la situación de Clara.
Contrario a lo que piensan los Rojas, los Gechem han
buscado reiteradamente contactos para conocer la situación en
que se encuentra el ex senador. Son los únicos familiares de
ex congresistas que no han recibido pruebas de supervivencia,
y su esposa, Lucy de Gechem, teme lo peor, y por eso pide “que
nos permitan conocer si Jorge Eduardo existe o no”.
Gechem, padre de cinco hijos y natural del Huila, hace poco
deporte y una de las mayores preocupaciones de su familia es
que no está acostumbrado a la vida del campo. Menos aún a las
difíciles condiciones de la selva.
Ese mismo temor asalta a los Rojas, quienes un año después
tienen su mayor preocupación en el estado de salud de Clara,
quien siempre ha sido una mujer sana, pero con dedicación casi
que exclusiva a la lectura. Le envían mensajes todos los
sábados por La Voz del Secuestro, espacio radial creado
especialmente para personas como ellos. Allí confluyen
semanalmente las miles de voces tristes que reclaman por el
retorno de los plagiados, sea cual sea su condición social o
política.
“Yo no le guardo rencor a la guerrilla, no estoy en
capacidad de juzgar a nadie, pero también quiero que en
Colombia se acaben las desigualdades que originaron la
violencia”, sostiene Yolanda Pulecio, ex embajadora y creadora
de un albergue infantil. Sus lágrimas afloran por su piel de
ex reina de belleza cada vez que habla de Íngrid, en honor a
quien sigue trabajando por los niños y pintando en sus ratos
libres. Su más reciente creación fue un retrato de Lorenzo,
hijo menor de Íngrid, que su hija dejó empezado hace un
año.
Las tres familias son partidarias del intercambio
humanitario. Y todas dicen entender que el gobierno del
presidente Álvaro Uribe está trabajando por la libertad de los
suyos. Iván Rojas, hermano de Clara, cree que el problema no
es sólo de su familia y que lo importante es encontrar una
fórmula salomónica para resolver todos los secuestros.
Pero también coinciden en criticar la falta de voluntad de
la guerrilla, a la que demandan el regreso de sus familiares,
aunque saben que es factible que ese deseo tarde mucho en
volverse realidad. Así le pasó a doña Lucy de Gechem, quien el
mismo día del plagio recibió la promesa, de un alto oficial,
que en menos de 24 horas tendría a su esposo en casa.
Un año después, los dolientes de los secuestrados ya
hicieron familia entre sí. Trabajan en comunidad y buscan
juntos alternativas para proponer al Gobierno o planean
excursiones y misas por la liberación de los suyos.
Van a las embajadas, envían cartas a los países amigos,
visitan al Papa, al Presidente de la República, a los
guerrilleros presos. Piden por todos los secuestrados. Y piden
también para que se acabe el secuestro.
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