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Bogotá - Colombia 24 de febrero de 2003
Lunes
 

Un año después del Caguán

El dolor por la ausencia de sus seres queridos sale a flote cada vez que los evocan. Aferrados a los recuerdos y a la esperanza de un gesto humanitario, siguen esperando que el interrumpido vuelo de Jorge Eduardo Gechem y la marcha inconclusa de Íngrid Betancourt y Clara Rojas terminen de una vez por todas.

Hace exactamente 365 días que doña Yolanda Pulecio habló por última vez con su hija, la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt, quien la llamó para contarle que ya estaba muy cerca de San Vicente del Caguán, lugar en donde presidiría una manifestación de apoyo a los campesinos tras la ruptura de los diálogos de paz.

En un pueblo de Cundinamarca, Clara Rojas se enteró ese mismo día por vía telefónica que la marcha era un éxito y que su hija menor –bautizada con el mismo nombre– regresaría a Bogotá al día siguiente, en compañía de Betancourt, a quien servía como asesora privada.

Pero la marcha se detuvo intempestivamente en Montañita (Caquetá), en donde las Farc impidieron el paso a los caminantes, se llevaron a Betancourt y Rojas, y dejaron un carro bomba que posteriormente acabó con la vida de uno de los mejores expertos antiexplosivos del país. Hasta ahí saben sus familias.

Tres días atrás, las Farc habían secuestrado un avión comercial en el que viajaba el ex senador Jorge Eduardo Gechem, de quien no han enviado pruebas de supervivencia. Ese fue el último secuestro que hicieron durante la vigencia de la antigua zona de distensión del Caguán, que fue abolida horas después por el ex presidente Andrés Pastrana. Los de Betancourt y Rojas, los primeros tras su disolución.

Sus historias se suman a las de más de 3.000 colombianos que permanecen cautivos por los actores armados por razones políticas o extorsivas, a la espera de una solución para su drama. Tienen en común el dolor y la impotencia de no poder hacer algo para la liberación de los suyos, y la coincidencia de haberse hecho amigos gracias a la tragedia que comparten.

Un año después de terminada la zona de distensión, no paran de tocar puertas en busca de una noticia alentadora para sus vidas. Yolanda Pulecio ofreció rezar de por vida el rosario para que su hija vuelva a casa. Los Gechem continuaron con su rutina de vida, pues quieren que el ex congresista encuentre a su regreso la misma armonía en el hogar. Los Rojas prefieren sufrir en silencio. Temen que cualquier pronunciamiento suyo pueda agravar la situación de Clara.

Contrario a lo que piensan los Rojas, los Gechem han buscado reiteradamente contactos para conocer la situación en que se encuentra el ex senador. Son los únicos familiares de ex congresistas que no han recibido pruebas de supervivencia, y su esposa, Lucy de Gechem, teme lo peor, y por eso pide “que nos permitan conocer si Jorge Eduardo existe o no”.

Gechem, padre de cinco hijos y natural del Huila, hace poco deporte y una de las mayores preocupaciones de su familia es que no está acostumbrado a la vida del campo. Menos aún a las difíciles condiciones de la selva.

Ese mismo temor asalta a los Rojas, quienes un año después tienen su mayor preocupación en el estado de salud de Clara, quien siempre ha sido una mujer sana, pero con dedicación casi que exclusiva a la lectura. Le envían mensajes todos los sábados por La Voz del Secuestro, espacio radial creado especialmente para personas como ellos. Allí confluyen semanalmente las miles de voces tristes que reclaman por el retorno de los plagiados, sea cual sea su condición social o política.

“Yo no le guardo rencor a la guerrilla, no estoy en capacidad de juzgar a nadie, pero también quiero que en Colombia se acaben las desigualdades que originaron la violencia”, sostiene Yolanda Pulecio, ex embajadora y creadora de un albergue infantil. Sus lágrimas afloran por su piel de ex reina de belleza cada vez que habla de Íngrid, en honor a quien sigue trabajando por los niños y pintando en sus ratos libres. Su más reciente creación fue un retrato de Lorenzo, hijo menor de Íngrid, que su hija dejó empezado hace un año.

Las tres familias son partidarias del intercambio humanitario. Y todas dicen entender que el gobierno del presidente Álvaro Uribe está trabajando por la libertad de los suyos. Iván Rojas, hermano de Clara, cree que el problema no es sólo de su familia y que lo importante es encontrar una fórmula salomónica para resolver todos los secuestros.

Pero también coinciden en criticar la falta de voluntad de la guerrilla, a la que demandan el regreso de sus familiares, aunque saben que es factible que ese deseo tarde mucho en volverse realidad. Así le pasó a doña Lucy de Gechem, quien el mismo día del plagio recibió la promesa, de un alto oficial, que en menos de 24 horas tendría a su esposo en casa.

Un año después, los dolientes de los secuestrados ya hicieron familia entre sí. Trabajan en comunidad y buscan juntos alternativas para proponer al Gobierno o planean excursiones y misas por la liberación de los suyos.

Van a las embajadas, envían cartas a los países amigos, visitan al Papa, al Presidente de la República, a los guerrilleros presos. Piden por todos los secuestrados. Y piden también para que se acabe el secuestro.

 

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