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El drama de miles de secuestrados olvidados

09/09/2007 - El Nuevo Herald

El próximo 28 de septiembre, Delio Arango Maya, campesino de cuna, cumplirá 67 años de edad y el 29 de agosto 11 de estar secuestrado por guerrilleros del frente de combate 17 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, (FARC, de izquierda) que, amarrado por el cuello, se lo llevaron de su hacienda ganadera de Baraya, en el departamento colombiano de Huila, como si fuera una mula robada de los corrales.

Delio Arango es una de las aproximadamente 5,000 personas que se encuentran secuestradas en Colombia, no obstante lo cual apenas se habla de 45, --conocidos como los canjeables-- que incluyen policías, militares, tres estadounidenses y políticos que las FARC proponen canjear por los guerrilleros presos en las cárceles del país.

El día que desapareció, jueves, Delio ya tenía un nieto de dos años por el que se le había reblandecido el corazón de labrador y por el cual garabateó en cautiverio un par de palabras de amor en un papel que le alcanzaron sus verdugos para que, de su puño y letra, le hiciera saber a Lucila Páez, su esposa, que estaba secuestrado y de acuerdo con que el patrimonio familiar se usara para pagar por su libertad.

''Hoy ya tenemos cuatro nietos'', contó Lucila, de 59 años, a El Nuevo Herald el pasado lunes. ``El que él conoció ya va a cumplir 14 años. Cuando se llevaron al abuelo iba a cumplir tres añitos. También tenemos una nieta de siete años, otro de cuatro y otro de dos''.

''Mi esposo mandó una boleta pero no volvimos a saber de él'', solamente llegaron noticias, años después, sobre el arresto de Amir Castañeda, miembro de la banda que se había llevado a Delio. Cayó en manos de las autoridades ''con otro señor que estaba secuestrando ahí, en [la ciudad de] Neiva'' y tiempo después se supo que ''se voló [se fugó] de la cárcel, pero no tenemos seguridad'' sostiene Lucila.

Lucila y Delio se casaron el 28 de diciembre de 1964, en Génova, departamento de Quindío y tienen, cuenta ella, ``tres hijos varones: uno es zootecnista, otro ingeniero agrónomo y el otro médico veterinario''.

Basados en las instrucciones que Delio escribió en la boleta, dictadas por los secuestradores, ''se entregó la plata en donde se dijo. A los ocho días siguientes se entregó otra plata y no más, no se volvió a saber más de él'', suspira Lucila, quien acostumbra andar por la calle con una camiseta blanca que lleva la cara de Delio estampada en el pecho y la espalda. También carga, para colgar donde sea preciso, una valla de hule con otra foto estampada que tiene al lado el lema de sus últimos once años: ``Delio Arango Amaya, te amamos, te seguimos esperando, vivo, libre y en paz''.

Del grueso de secuestrados colombianos, el periodista e investigador Herbin Hoyos, especializado en el tema desde hace una década, calcula que el 69 por ciento está en poder de las FARC; 18 por ciento de las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional (ELN, de izquierda); 9 por ciento de las Autodefensas Armadas de Colombia (AUC, paramilitares de derecha) y el 4 restante de delincuencia profesional organizada para secuestrar.

La espera constante, cuenta Lucila, a veces viene con delirios. ``Uno va por una vía y de pronto ve una persona exacta a él, se arrima y lo mira, se arrima le habla y no, este no es. Los indigentes que me encuentro en la calle los miro, porque yo no sé... Usted sabe que uno tiene un pensamiento muy rápido''.

Lucila vive ahora en una hacienda cafetera de clima tibio, próxima a la ciudad de Armenia, en donde el paso del tempo no ha podido minimizar sus esperanzas de ver llegar a Delio algún día. Para la ocasión, incluso, ``le tenemos una camisa nueva, un pantalón y una mesa para la cama, chiquita, que se le abren las paticas... Detalles que uno tiene para mimarlo''.

También mantiene al día el seguro de salud de Delio: ``he pensado, para el día que regrese, llevarlo directamente a una clínica a que le hagan un chequeo médico para ver cómo se encuentra''.

Lucila no tiene certeza sobre el destino de su esposo y propone: ``¿Por qué no entregan a todos los secuestrados civiles y a los que no están [vivos] digan dónde los dejaron. Que nos manden [pruebas de] supervivencia''.

Sin pruebas de vida o de muerte es mayor el tormento para las familias de los secuestrados.

Nacianceno Restrepo, comerciante de maderas amazónicas, fue secuestrado en Rionegro, departamento de Antioquia, por las FARC, en febrero de 1993 y hoy, si vive, tiene 68 años, 14 de ellos encadenado. Un guerrillero, alias ''Róbinson'', hoy preso en la cárcel Picaleña, de la ciudad de Ibagué, sostiene que hasta el 2005, cuando lo vio por última vez, aún vivía y era conocido como ''El Loco'' debido a que el aislamiento y las durezas de la selva lo desquiciaron. La familia pagó dos veces por el rescate, pero los verdugos hicieron saber que lo ''juzgaron'' y condenaron a seis años de trabajos forzados por haber supuestamente tenido tratos con paramilitares.

Otros secuestrados ya liberados que lo conocieron en cautiverio, cuentan que fueron confinados por las FARC y obligados a construir caminos clandestinos en la jungla. Para la época distinguían a Nacianceno como ''El Abuelo'', quien permanecía encadenado todo el tiempos debido a su agresividad con los secuestradores.

Alberto Villegas fue secuestrado a los 14 años de edad por el ELN. Su familia pagó dos veces el rescate pero solamente volvió a la libertad, consumido por la selva, a los 28 años. Hoy vive en Europa, donde intenta curarse de los desarreglos mentales que adquirió en cautiverio.

Rodolfo Alvarez también fue secuestrado a los 14 años de edad por paramilitares, en Magangué, departamento de Bolívar, que lo mandaron al frente como carne de cañón. Tres años más tarde, al final de un combate, fue capturado por el ELN que lo amarró a un árbol para fusilarlo sin fórmula de juicio. A gritos, aseguró que no era combatiente sino un cautivo, de modo que los guerrilleros, contentos, buscaron a la familia y la extorsionaron para entregárselo.

Tres meses más tarde, Rodolfo fue secuestrado de nuevo por las FARC en los Montes de María, y una vez más estuvo frente a un pelotón de fusilamiento al que también disuadió a gritos. Su familia volvió a pagar y hoy todos viven, arruinados, fuera del país.

Además de los secuestradores mismos, las familias de los secuestrados se ven asediadas por cazadores de recompensas y de intermediarios que ofrecen sus servicios para conseguir liberaciones mediante regateos por precios inferiores a los que exigen de entrada los delincuentes, pero cobran honorarios equivalentes a 30 por ciento del pedido inicial.

Así, el negocio del secuestro posee actores lícitos, en gran proporción extranjeros o ex oficiales del ejército y la policía nacionales, que lucran tanto como los secuestradores, dijeron a El Nuevo Herald familias de secuestrados en Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena y Armenia, que han usado sus servicios o simplemente escuchado sus ofertas.

Centenares de secuestrados por paramilitares todavía aparecen en las listas de quienes están por recobrar la libertad.

No obstante, informaciones recibidas por organizaciones no gubernamentales encargadas de estudiar el tema, una de ellas Colombia Universal, dirigida por Herbin Hoyos, contaron a El Nuevo Herald que poseen informaciones y testimonios según los cuales muchos de aquéllos secuestrados en la Costa Norte fueron llevados vivos y en grupos hasta Bocas de Ceniza, donde el río Magdalena desagua sobre el Caribe, y allí los asesinaron, desmembraron sus cuerpos y los arrojaron a los tiburones.

En el camino hacia el sacrificio los verdugos obtenían informaciones íntimas de los secuestrados a quienes les aseguraban que solamente los estaban cambiando de escondite, y luego las aprovechaban para negociar sus liberaciones con las familias, cuando ya los habían matado.

Estas masacres antecedieron las negociaciones de un proceso de paz de los principales narcotraficantes, guerrilleros del ELN y paramilitares de Colombia con el gobierno y en algunos casos los jefes han dicho que no tienen secuestrados porque, en verdad, los asesinaron.


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