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Ante los acontecimientos de los últimos días, las posibilidades del intercambio humanitario se abren una vez más, llenando de esperanzas a los familiares de los secuestrados. Sin embargo, todos los esfuerzos emprendidos pueden quedar convertidos en una bruma que se disipa con el tiempo.
Desde que se conoció la noticia del asesinato de los 11 ex-diputados del Valle, el clamor por adelantar de una vez por todas un intercambio humanitario que permita el regreso de los secuestrados a sus hogares, ha venido incrementándose de manera constante, obligando al gobierno nacional a una reacción que fuera más allá de la negativa al despeje de los municipios de Pradera y Valle.
La marcha del profesor Moncayo, la manifestación pública de rechazo en las principales ciudades del país y el debate público que se ha generado, han permitido volver a recordar que en la situación de conflicto que vive el país los grandes perjudicados han sido las víctimas civiles. Sobre ellas recae el dolor y la incertidumbre de las acciones de los grupos armados, y no obtienen el apoyo del Estado que constitucionalmente las debió y las debe proteger.
La reacción del gobierno actual no se hizo esperar. Dicha reacción se puede analizar en dos movimientos específicos: por un lado, el gobierno trató de cooptar los escenarios de protesta ciudadana, reorientando el significado de la misma y llenando los espacios públicos de discusión, tratando de recuperar la iniciativa política sobre el tema. Esta estrategia busca ante todo lograr una recordación que es vital para mantener la línea de la política de seguridad: la culpa de la catástrofe humanitaria recae sobre el bando opositor, no sobre las instituciones legítimamente constituidas, por lo que la ciudadanía debe unirse al esfuerzo del gobierno para combatir la amenaza que desafía a la institucionalidad y a la sociedad por igual.
La entrada de Chávez en el escenario no es gratuita. Para el presidente venezolano es necesario mejorar su imagen internacional, deteriorada por las rupturas democráticas que ha venido causando en su país…
El segundo movimiento busca ante todo quitar la imagen de inacción del Estado frente al tema del intercambio. Las voces de dolor de los familiares de los ex-diputados, acompañadas de las más críticas manifestaciones por parte de los familiares de Ingrid Betancourt y el ataque directo contra la política gubernamental por parte del profesor Moncayo, vino acompañada de la no despreciable presión internacional en cabeza de Francia, que ha convertido el tema de la liberación de la ex-candidata presidencial en un tema de la agenda de Estado. Esto obligó al Gobierno a mover sus cartas y a tratar de mostrar su voluntad para logar el intercambio, en primera medida con la liberación de los guerrilleros, y del llamado “canciller” de las FARC, Rodrigo Granda.
Si la liberación de guerrilleros presos causó controversia, la siguiente jugada del presidente sorprendió a todos: solicitó los buenos oficios para lograr una mediación internacional del presidente venezolano Hugo Chávez dela senadora Piedad Córdoba, una de las más mordaces voces de la oposición al actual gobierno. Y al parecer sus buenos oficios han surtido el efecto esperado: la aceptación alegre del presidente Chávez de colaborar por la paz en Colombia, recordando los lazos de amistad que unen a los dos pueblos y su dolor por las víctimas del conflicto que vive Colombia.
La entrada de Chávez en el escenario no es gratuita. Para el presidente venezolano es necesario mejorar su imagen internacional, deteriorada por las rupturas democráticas que ha venido causando en su país, y que lo han conducido a una posición cada vez más radical frente a Estados Unidos y otros países. La relevancia que podría tener en el escenario de una negociación con las FARC, e incluso como mediador en un posible acuerdo de paz lo pondrían en una situación de privilegio. Como en todos los temas políticos, el efecto de la cooperación trata de minimizarse, dentro de los límites de la cordura, para evitar una excesiva influencia de un actor externo sobre el poder que se tiene: se acepta el encuentro entre el presidente colombiano y el venezolano, pero a la vez se reduce la agenda, y en la antesala a la cordial rueda de prensa se deja ver de entrada lo que no es negociable: Unos días antes de la llegada del presidente venezolano, el presidente colombiano dijo refiriéndose al tema: “¿Por qué no a la zona de despeje? Porque el país estuvo despejado 40 años y por eso se llenó de guerrilla y de paramilitares. Porque ustedes conocieron qué se derivó del Caguán. Allí se creó una madeja terrorista que todavía no hemos podido desmontar”.[1] Intercambio sí, pero con la dirección del Estado colombiano, sin despejes y manteniendo una línea de discurso en contra de las FARC.
¿Y las FARC? Hasta ahora sólo han agradecido el gesto de paz del presidente Chávez, recordando de paso que “(…) nosotros lo que seguimos solicitando es la desmilitarización de Pradera y Florida y le pediríamos al presidente Chávez que, dado su peso político, contribuya para que se logre ese despeje que nos lleve a sentar a las partes a una mesa y concertar el acuerdo que ponga fin al cautiverio de los prisioneros”.[2] En la misma entrevista, reiteran los puntos de su discurso sobre el intercambio humanitario: el gobierno de Uribe es antidemocrático y fascista, los “canjeables” no son secuestrados, sino prisioneros políticos o prisioneros de guerra, y de hecho en Colombia las FARC no han secuestrado a nadie: solamente son retenidos por no cancelar sus obligaciones con la llamada Ley 02.
J. Andrés Escobar Solano
En todo caso, las FARC han puesto el problema de la negociación ante la paradoja de aceptar exclusivamente una negociación directa con el Gobierno. La intervención de terceros sólo serviría en ese caso para acercar las partes, por lo que la acción internacional puede incluso, representar un nuevo obstáculo. En todo caso, las FARC parecen poco dispuestas a permitir una liberación, un canje o un acuerdo humanitario mientras dure el gobierno actual.
De las luces iniciales sobre la posibilidad del intercambio, empiezan a salir varios nubarrones que no se pueden ignorar. En primer lugar, es claro que las FARC no van a negociar la liberación de todos los secuestrados, ya que su accionar de guerra se financia en parte de la “retención”. En segundo lugar, también queda claro que se insistirá en el tema del despeje. Y finalmente, es claro también que el gobierno no piensa ceder más allá de lo que ha cedido para lograr la liberación de los secuestrados.
El proceso que viene es una oportunidad innegable que puede llevar a las partes a sentarse en una mesa y negociar, llevados por la presión nacional e internacional que recae sobre ellos y que podría pensarse, puede llevarlos a lograr mínimos de acuerdo, al menos en el tema de los secuestrados. Sin embargo el panorama no es claro. El Gobierno sabe que puede culpar a las FARC de los secuestros, pero las FARC saben que es el Gobierno quien recibe la mayor presión por lograr el acuerdo. La acción internacional puede ser exitosa, pero eso depende de la voluntad de las partes. Y dicha voluntad aún no se vislumbra.
Por último, el acuerdo humanitario no puede ser además restringido a un canje (limitado) de civiles y militares secuestrados por guerrilleros presos. Se debe llegar al comienzo de una negociación de paz, o por lo menos, a un acuerdo claro sobre las reglas de juego que deben guiar el conflicto. Un acuerdo humanitario limitado al canje no soluciona nada: no permitirá la liberación de la gran mayoría de secuestrados anónimos que se encuentran privados de su libertad, y tampoco permitirá que estos actos atroces no se repitan en el tiempo. Estos son los dilemas que deben resolverse antes de seguir mirando con esperanza esa pequeña luz que se disipa.
[1] “Uribe dice que hablará con sinceridad a Chávez frente al acuerdo humanitario”, disponible en la página Web de la presidencia de la república: http://web.presidencia.gov.co/especial/venezuela/plantilla_espec_2007_4.html, 30 de agosto de 2007.
[2] Tomado de: “las FARC no entregaremos prisioneros en Venezuela”, Entrevista de Paulo Biffi a Raúl Reyes. Diario el Clarín de Buenos Aires. Versión digital, 26 de agosto de 2007.