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“Las víctimas de la bomba fuimos nosotros”

31/10/2006 - El Espectador

En un relato íntimo, Juan Carlos Lecompte, el esposo de Íngrid Betancourt, cuenta cómo las familias de los secuestrados pasaron de la ilusión del reencuentro a la angustia del rescate militar.

Al tema de los secuestrados, los periodistas entramos por raticos y por estos días estamos en temporada alta, pescando entrevistas, noticias, fotos y testimonios. Pero en unos días bajará la marea, las notas serán menos, los minutos en televisión pocos y las marchas de apoyo a los secuestrados, más pequeñas y esporádicas. Pero la tortura de madres, padres, hijos, esposos y esposas, seguirá ahí, gota a gota, taladrando la cabeza. Por eso, cuando salen las encuestas respaldando ampliamente el rescate militar, pienso en lo fácil que es hacerse el guapo con el dolor de las familias de otros.

ERA PARA NAVIDAD

Félix de Bedout: ¿Usted se alcanzó a ilusionar?

Juan Carlos Lecompte: Como dicen los bogotanos, un tris. Yo he dicho desde hace tres años, cuando se empezó a gestar el proyecto de reelección, que mientras Uribe sea presidente, a los secuestrados no los veremos libres. Mientras Uribe sea presidente, yo no veré a Íngrid. Aunque la cabeza sabe que es así, el corazón y el cuerpo no lo aceptan.

F.D.B.: Hace poco entrevistaba a Álvaro Leyva y él decía que si se sentaban a hablar en Pradera y Florida, para Navidad estarían acá los secuestrados. ¿Usted sintió lo mismo?

J.C.L.: Yo no pero, por ejemplo, la mamá de Íngrid sí. Ella estaba ciento por ciento segura de que aquí íbamos a tener, en esta mesa donde estamos sentados, a Íngrid para Navidad, una fecha muy importante para nosotros porque es el cumpleaños de Íngrid, ella cumple este 25 de diciembre 45 años y esa es una fecha doble para nosotros. Yo me contagié un poco de eso, pero la familia se alcanzó a ilusionar totalmente.

F.D.B.: ¿Este era el momento en que se sentían más cerca de volver a ver a Íngrid?

J.C.L.: La verdad, sí. Incluso, hace dos semanas hicimos un almuerzo en la casa de mi suegra con Marleny Orjuela y los familiares de otros secuestrados. Y Marleny, que ya tiene experiencia con los que han sido liberados, nos decía que ellos adquieren un color como amarillento, porque es tal la cantidad de vegetación de los árboles, que la luz del sol no llega al piso y ellos adquieren un color de piel muy raro. Ella nos comentó eso para que nos preparáramos sicológicamente para su llegada.

F.D.B.: El discurso del Presidente debió ser muy doloroso para ustedes, pero las encuestas reflejan una gran aceptación por parte de la opinión pública. Incluso, en esas encuestas se ve un amplio respaldo al rescate militar…

J.C.L.: Lo increíble de todo esto es que las víctimas de la bomba fuimos nosotros. Hace dos o tres meses la gente estaba a favor del intercambio humanitario. A los que están a favor del rescate militar les diría que esperen, no a que ellos estén secuestrados; les diría que esperen a que les secuestren a su mamá, a su hija o a su esposa; no a ellos, porque ellos van a decir: “Sí, rescátenme que yo soy muy valiente”.

F.D.B.: Pero cuando las cosas no avanzan, cuando pasa el tiempo y las Farc siguen explotando políticamente el secuestro y el Gobierno da marcha atrás en el intercambio, no llega un momento en que se piensa ¿y por qué no un rescate militar?

J.C.L.: Yo prefiero esperar por Íngrid, a que me devuelvan un cadáver en una bolsita. Acá la gente confunde los rescates exitosos que realiza la Policía en las ciudades o en pueblos pequeños con la situación de Íngrid. A ella y a los demás secuestrados políticos, a los soldados y a los policías, los tienen en unas zonas de total control de la guerrilla, donde hay campos minados, donde los anillos de seguridad hacen que la guerrilla se entere dos horas antes de la llegada del Ejército, y ni siquiera hay posibilidad de un enfrentamiento: la guerrilla los mata y se va, esa es la orden.

F.D.B.: El ministro del Interior, Holguín, hizo una nueva propuesta de canje para que en una embajada las Farc y el Gobierno crucen listas para un posible intercambio…

J.C.L.: Eso ya es ridículo. Las Farc quieren una negociación, pensar en que entreguen una lista en una embajada es ridículo, pero vendrán otras ridiculeces como esa.

A PESAR DE TODO, UNA MUJER LIBRE

F.D.B.: A usted le deben llegar muchas noticias de Íngrid. ¿Cuáles son las últimas que ha recibido?

J.C.L.: A mí me llegan cada 15 días con un cuento diferente, en el último que creo es que hizo una huelga de hambre y que quedó muy mal, que está muy grave de salud. Yo sí creo que ella hizo una huelga de hambre, porque la conozco y esa es una manera de sentirse libre. Íngrid es una mujer muy libre, ella nunca se rige por nadie, y yo creo que para sentirse libre y hacer lo que ella quiere, no comer es una manera de protestar.

F.D.B.: ¿Por qué hemos visto varios videos de los diputados del Valle y no hay nuevas pruebas de supervivencia de Íngrid?

J.C.L.: Pienso que puede ser una manera de ella sentirse libre y de no hacerle el juego a la guerrilla, porque ella debe saber que cada vez que sale un video de los secuestrados, se pone al Gobierno contra la pared. Yo estoy seguro de que ella se ha enterado de eso y para protestar no se presta para un video de supervivencia, eso debe ser un pulso muy grande que se debe estar librando allá.

F.D.B.: De Íngrid también se ha dicho que está de novia de un jefe guerrillero, que sufre el Síndrome de Estocolmo, que es una nueva Patricia Hertz…

J.C.L.: No, no, no. Uno cuando se mete en esto del secuestro se vuelve un conocedor de las Farc y del secuestro. El tema ese del Síndrome de Estocolmo sucede más que todo en personas de 20 ó 30 años que no están formadas totalmente y pueden tener ese tipo de tendencias pero cuando a Íngrid la secuestraron, ya ella era una mujer de 40 años, hecha y derecha; ella es una mujer formada y su formación es muy cartesiana, es muy vertical, yo no la veo con ese tipo de cosas.

F.D.B.: Usted dice que mientras Uribe sea presidente no verá a Íngrid. ¿Íngrid se aguanta otros cuatro años?

J.C.L.: Yo creo que los secuestrados no tienen muchas alternativas, los secuestrados son como unas mercancías para esos salvajes. Yo pienso que a ella la van a tener como un lote de engorde que alguien compra en la calle 280 para esperar a que la ciudad llegue hasta allá y venderlo más caro, eso es lo que está haciendo la guerrilla.

F.D.B.: Usted decía ahora que Íngrid es ante todo una mujer libre, una mujer sin ataduras. ¿Morirse no es una forma de liberarse de todo esto?

J.C.L.: Yo creo que ella debe estar desesperada sin ver a sus hijos crecer y ella de pronto en el cautiverio podría pensar: “Que me rescaten, que me maten, pero esto no lo soporto más, cinco años comiendo como animales, viviendo como animales, con animales, sin ver el sol”. Pero por lo que yo la conozco, no sé si pueda llegar hasta ese extremo, por los hijos, porque para Íngrid los hijos pesan muchísimo, sus hijos son lo primero; primero que su mamá, primero que yo, primero que la política están sus hijos.

F.D.B.: A propósito de los hijos, ¿qué hijos dejó Íngrid y qué hijos tiene ahora?

J.C.L.: Los hijos que dejó eran unos niños. Yo me acuerdo sobre todo del niño, que tenía 13 años y me daba a mí al pecho. Yo pensaba que se iba a quedar corto de estatura y ahora resulta que está mucho más alto que yo, debe medir 1,80 y es un niño con un corazón inmenso, un niño muy bueno, muy lindo. La niña era una adolescente de 16 años, pero ahora es una mujer de 21, muy madura. Cuando la abrazo es como el mismo cuerpo de Íngrid, es muy parecida a la mamá tanto físicamente como en la cabeza, como habla, las expresiones, es muy la mamá.

ADEMÁS DE DOLOR Y SOLEDAD, INSULTOS

F.D.B.: Muchos dicen que ustedes enfocan mal sus reclamos, que le protestan más al Gobierno que a las Farc, que son los secuestradores…

J.C.L.: Nosotros hicimos el martes una protesta frente al Palacio de Nariño para gritarle a Uribe. Pero yo no sé dónde está la oficina de las Farc para ir a protestar. Ojalá las Farc tuvieran una oficina. Yo quisiera ahorcar a Raúl Reyes, pero ¿dónde está? No se dónde está. Cuando se cumplieron los tres años sin pruebas de supervivencia de Íngrid, yo dije, y lo digo, que las Farc son unos demonios, que están cuidando la puerta del infierno, pero yo no sé dónde están, ¿como hago para protestarles a ellos?

F.D.B.: ¿Qué es lo más doloroso que a usted le han dicho?

J.C.L.: Cuando estábamos cerrando la campaña presidencial del año 2002, yo iba adelante de la marcha y un señor que pasó en una bicicleta, no se me puede olvidar, me dijo: “Ella está ahí porque ella quiso y ella se lo merece y ojalá que no la suelten nunca”. Y cuando leo algunos comentarios fuertísimos en los foros de los medios de comunicación, ahí uno se da cuenta de que la maldad existe, que hay gente muy mala, muy diabólica.

F.D.B.: ¿Cuánto lleva de casado con Íngrid?

J.C.L.: Once años.

F.D.B.: Once años, o sea, más de un tercio de su matrimonio ha sido con Íngrid secuestrada...

J.C.L.: Claro, ya va para la mitad...

F.D.B.: ¿Qué es hoy su matrimonio?

J.C.L.: Yo digo que soy como un semiviudo porque ya llevo casi cinco años sólo, pero estoy casado y es como estar en un congelador. Me siento como si mi vida se hubiera quedado suspendida en un limbo y no sé qué va a pasar. La voy a esperar hasta que ella salga. Para mí, se va a demorar ocho años, acabamos de cruzar la mitad porque faltan tres años largos del presidente Uribe.

F.D.B.: ¿Su vida cómo es, el día a día?

J.C.L.: La soledad es grandísima porque uno hasta pierde los amigos. Es que en esta historia uno se vuelve un monotemático, porque lo único que quiero es la libertad de ella. Entonces uno llega a una comida y, sin querer porque, de pronto yo no quiero hablar del tema, alguien me pregunta: ¿Y qué has sabido de Íngrid? ¿Y qué es lo último? ¿Pero nada, pero ni una carta? Entonces uno empieza a hablar del tema, sin querer o queriendo, y los amigos se cansan, uno se convierte en el tipo jarto que tiene la mujer secuestrada y lo empiezan a apartar a uno porque qué jartera... Me acuerdo que el primer año que secuestraron a Íngrid mis amigos hicieron una barrera y me invitaban a cine, a jugar golf, a almorzar, a no se qué, mejor dicho, yo no descansaba, eso fue el primer año y hasta el segundo, pero ya el tercero, el cuarto y el quinto se queda uno solo, es impresionante, solo.

UNA ÚLTIMA PREGUNTA

F.D.B.: Yo quisiera que esta entrevista fuera como esas fotos de los hijos de Íngrid que usted lanza en medio de la selva o entrega en San Vicente del Caguán esperando que le lleguen a ella, como esas botellas que se lanzan al mar con un mensaje adentro con la esperanza de que alguien lo lea. Si este papel llega a las manos de Íngrid, ¿qué le quisiera decir?

J.C.L.: Yo me acuerdo que Íngrid una vez me dijo: “Si me secuestran, no pagues un peso por mí”. Eso me dijo, pero no estábamos preparados para algo así y sobre todo para algo tan largo. Ella en el primer video de supervivencia, cuando tenía 87 días de secuestrada, me dice: “Estoy aquí en una profunda soledad”. Eso a mi me dolió muchísimo. Hoy van 1.710 días y yo le quiero decir que ahora mismo, este último año, he estado en una profunda soledad como ella lo dijo en su primer video y ojalá que esta profunda soledad en que estamos los dos nos sirva para acercarnos otra vez y que cuando ella vuelva estemos dispuestos a seguir juntos, porque yo lo que más quiero es seguir nuevamente con ella. Yo le diría que se cuide mucho, que tenga mucha paciencia y mucha fortaleza y que cuente con que yo aquí la espero, que cuente con eso. Que sus cosas están tal cual como las dejó: su jabón, su cepillo, su ropa, todo está tal cual y yo estoy aquí esperándola.


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