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Cinismo sobre los inocentes

05/11/2006 - Revista Cambio

por POR ÁLVARO SIERRA (Revista Cambio)

LOS FAMILIARES de los secuestrados, los colombianos sensibles y no pocos analistas harían bien en acostumbrarse a la idea de que el intercambio humanitario no tiene nada de humanitario; ni siquiera, nada de político. Es un pulso militar.

Por eso, los pobres secuestrados se quedarán en el monte todo el tiempo que sea necesario -ya varios llevan allí una eternidad-. Así han resuelto las dos oficinas que deciden si se hace y cuándo: la Casa de Nariño y la serranía de Chiribiquete.

Un rasgo verdaderamente vergonzoso, y uno de los elementos en común que tienen Álvaro Uribe y las Farc (otro día escribiré sobre los otros), es el cinismo con el que uno y otras han encarado el drama humano que encierran las dos palabras: intercambio humanitario.

Es increíble como el Gobierno y sus defensores se la pasan diciendo que la responsabilidad por los secuestrados es de las Farc. Eso es como decir que el marqués de Sade era sadista. Por supuesto que los secuestradores son las Farc.

Por supuesto que esa guerrilla, a nombre de la lucha por un futuro de igualdad y justicia social, ha devuelto a seres humanos a los siglos oscuros de la esclavitud, cuando en un bazar se exponía a hombres, mujeres y niños al grito de "¿quién da más?". Mantener esa puja por años: ese es el cinismo de las Farc. No cortarla de tajo, es el del Gobierno.

Razones para ser pesimista respecto al intercambio humanitario

¿Alguien cree que diciendo todas esas cosas se hace algo serio para que esas personas dejen de ser esclavos? Que hay que hacer una gran campaña para que las Farc los liberen, dicen con grandilocuencia. ¿Acaso la campaña más grande del mundo logrará que lo hagan? ¿Por qué no dejamos de decirnos mentiras? Esa gente está secuestrada para ser cambiada cuando el pulso de la guerra y la terquedad irremisible de sus captores y del Gobierno lo permitan. Y ese momento no ha llegado.

El mayor cinismo de las Farc fue ligar el intercambio a una negociación de paz. El del Gobierno ha sido condicionarlo al cese de acciones de terror y actos de guerra. El del país es tener a cínicos más allá de todo cinismo, como Ernesto Samper y Alfonso López, de agentes humanitarios. El resultado es que ni siquiera llegamos a una de las cosas elementales de la guerra, como es cambiar presos en medio de la guerra.

Parecemos en un país de locos. El conflicto armado ha llevado al secuestro de unas personas (civiles y militares) y a la prisión de otras (guerrilleros). Ese conflicto, por ahora, no tiene trazas de terminar ni con la derrota de una de las partes, ni con lo que se llama un empate mutuamente doloroso. En tal situación, lo racional, lo humanitario es que esos secuestrados y esos presos se intercambien sin condiciones.

Se hace en todas las guerras y no afecta la moral de nadie. Se adelantan acciones militares y, en medio de ellas, se hacen estos intercambios. No en Colombia. Este es el único ejército del mundo donde se creen el argumento de que eleva la moral del soldado enviado al combate la certeza de que sus jefes lo dejarán pudrirse en la selva si llega a ser capturado. Aquí alguien pone una bomba y el Gobierno suspende el intercambio; y ese mismo Gobierno considera normal bombardear, capturar caletas y destruir campamentos sin que la guerrilla suspenda el intercambio.

El problema es la percepción del mundo de una guerrilla protohistórica y un gobierno premoderno. La bandera del intercambio se volvió un pulso militar, una confrontación de machos entre el paisa de racamandaca y el dueño de los marranos de Marquetalia. Uno pone bombas y asalta pueblos con cilindros para posicionarse. El otro habla de "fantoches" y recolecta billones entre una élite que se distensiona en campos de golf y clubes sociales, también para posicionarse.

Entretanto, hay quienes abogan por el intercambio como la humanización de la guerra. La verdad es que hace rato se convirtió en parte de la guerra. Por eso no se ha hecho.

Y, por si todo esto no bastara, este es un país que, insolidario, calla.


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