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Hoy, 27 de noviembre, se cumplen 100 días del cautiverio de dos periodistas franceses, Christian Chesnot, de Radio Francia Internacional, y Georges Malbrunot, de Le figaro, secuestrados en Irak por terroristas islamistas. Pronto se cumplirán también tres años del secuestro de la colombo-francesa Ingrid Betancourt, quien desde entonces se consume en la selva en manos de los narco-guerrilleros de las FARC.
A pesar de todos los esfuerzos, públicos y privados, nacionales e internacionales, el largo calvario de estos tres franceses (como el de otros centenares más, a menudo anónimos sin contar a los asesinados) no parece estar cerca de su fin.
Ningún calificativo sería suficiente para referirse a este tipo de terrorismo que pretende presionar permanentemente, con una siniestra guerra sicológica, a un “enemigo”, ya sean los Estados Unidos, el Occidente o el gobierno de Bogotá. Un terrorismo que, cuando no es abiertamente infame, es recubierto con andrajos religiosos o políticos. Tanto en Irak como en Colombia, la toma de rehenes se ha vuelto una verdadera industria.
Esta industria, impulsada por fantasías u odios, pretende ser la respuesta del débil al fuerte en este mundo asimétrico dominado por una única superpotencia. No por eso es menos repugnante.
Cualesquiera que haya sido las críticas que se hicieron a la política estadounidense en Irak, ya sea a la invasión sin gran justificación o a la impotencia de restaurar la paz civil en un país ocupado, nada podría justificar el uso de los civiles como un arma de guerra.
Claro que no es la primera vez en la historia que se toman rehenes. Para no ir muy lejos, recordemos los años que pasaron los rehenes estadounidenses, británicos y franceses sumidos en sótanos de Beirut durante la década de los ochenta. Se trataba entonces de grupos estructurados que contaban con el apoyo de Estados con los que por fin se pudieron negociar liberaciones tardías. Mientras que en Irak, se trata de grupúsculos fanatizados y sin ninguna trastienda, cuyo objetivo principal es aterrorizar y no tomar el poder.
¿Cómo pueden las democracias reaccionar frente a esta amenaza? Hasta ahora, ni la negociación ni la fuerza han podido con esta ignominia. Pero la diplomacia francesa sigue buscando la manera. El gobierno francés, abanderado de los países en contra de la guerra estadounidense, golpeó en vano a todas las puertas, mientras que los aliados de Washington, como Polonia o Italia, tuvieron más éxito. Tal vez porque, hasta cierto punto, los estadounidenses no se mostraron muy cooperativos.
Christian Chesnot, Georges Malbrunote Ingrid Betancourt pagan el precio de nuestra libertad. Libertad de informar con todos los riesgos que eso implica para los reporteros en un país en guerra. Libertad de hacer una política diferente para Ingrid Betancourt. Este combate no debe dejar de ser el nuestro.