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Para Colombia, los puntos claves ante E.U. dependen menos de la Casa Blanca que del Congreso de ese país y su nueva mayoría.
Con el sol a sus espaldas y su popularidad por los suelos, hoy llega a Bogotá, en visita relámpago de seis horas, George W. Bush. Aunque los presidentes de Colombia y Estados Unidos se han reunido cerca de una decena de veces (una en Cartagena), esta será la primera visita del estadounidense a la capital, adonde no venía un mandatario de esa nación desde hace 25 años, cuando Ronald Reagan cometió su célebre gaffe de confundir a Colombia con Bolivia.
La gira de seis días, que incluye paradas en Uruguay, Brasil, Guatemala y México, es un intento de mostrar interés por una región que lleva seis años pidiendo atención. Colombia sí la ha logrado, con la multimillonaria inversión en el Plan Colombia y la negociación del TLC, pero es muy poco lo que se espera obtener tras las escasas seis horas -la escala más breve- que pasará Bush en Bogotá, donde el tiempo no le alcanza ni para recibir las llaves de la ciudad de manos del alcalde Garzón.
Seis años después de que Bush prometió que América Latina sería clave en su política exterior, el mandatario estadounidense emprende una gira continental que muchos han calificado no solo de tardía sino de irrelevante. Se entiende que los atentados del 9/11 hayan cambiado abruptamente la agenda y las prioridades de su administración. Pero no al punto de olvidarse casi por completo de la región. El viaje no ha recibido mayor despliegue en los propios medios de Estados Unidos, cuyas inquietudes internacionales siguen concentradas en Irak y Afganistán.
Mientras Bush volvía la vista al Medio Oriente y la guerra contra el terrorismo, una ola de izquierda recorría América Latina y su representante más radical y próspero, Hugo Chávez, ganaba a punta de petrodólares un notable protagonismo. La América Latina a la que Bush retorna presenta un mapa político mucho menos favorable a sus intereses. De allí, quizá, el lenguaje cuidadoso que este exhibe ahora frente a Chávez. Y, también, sus visitas a Brasil y Uruguay.
Estas podrían parecer un intento de aprovechar las diferencias que hay en el seno de la izquierda latinoamericana. Justo mientras Chávez y el argentino Néstor Kirchner protagonizaban una cumbre alternativa, Bush firmaba en Brasil un acuerdo para convertir el etanol en un combustible global que le compita al petróleo, y reafirmaba otro con el Uruguay de Tabaré Vázquez hacia un TLC. Dos gobernantes de esa izquierda latinoamericana ratifican así el interés en una alianza comercial con el 'imperio' del que otros de sus colegas no quieren saber nada. Paradas breves, en fin, pero con intención estratégica. Otras dos,en Guatemala, básicamente como un gesto de agradecimiento por el apoyo de ese gobierno en su cruzada iraquí, y en México, vecino clave con el que tiene el contencioso de inmigración, buscan consolidar la alianza con gobiernos amigos.
Colombia es caso aparte. Es el país latinoamericano que menos puede quejarse de falta de atención de parte de Washington, como lo prueban los 4.000 millones de dólares invertidos en el Plan Colombia, los 3.600 más anunciados para su segunda fase y la decena de ocasiones en las que se han visto Uribe y Bush en Washington, Cartagena (por donde este pasó en el 2004) y otros lugares. Lula fue invitado a Camp David a fines de este mes; Uribe ya estuvo en el rancho texano de Crawford.
Es evidente -y el propio Bush y otros altos funcionarios ya lo dijeron- que esta breve parada es, ante todo, una manifestación de respaldo por parte del presidente estadounidense a su colega colombiano, en medio del escándalo de la 'parapolítica', la mayor crisis que este último ha enfrentado.
Pero este Bush es muy distinto del que vino antes. Su prestigio, que llegó a estar al 70 por ciento del que sigue disfrutando Uribe, se ha desplomado al 30 por ciento. El hombre que hizo pasar por un voto en el Congreso de E.U. el TLC con Centroamérica, ahora dice que será toda una batalla lograr la aprobación de los negociados con Colombia y Perú. Los 600 o 700 millones de dólares anuales, que pasaban con apenas algunas protestas de la oposición demócrata, ahora enfrentan un serio desafío, que el estallido de la crisis de la 'parapolítica' ha venido a complicar.
Aunque es deseable, por ejemplo, que se revise a fondo una estrategia antinarcóticos, que luce estancada y lejos de los resultados deseados, sería infantil pensar que algo vaya a cambiar la apretada agenda de Bush en Bogotá: un almuerzo de trabajo con Uribe, una rueda de prensa, una reunión con afrocolombianos beneficiarios de programas de E.U. y un vistazo a productos agrícolas de desarrollo alternativo, sin contar una reunión social en su embajada. A diferencia de Brasil, donde se firmaron acuerdos, los puntos claves para Colombia dependen menos del Presidente que del Congreso de los Estados Unidos.
Queda solo augurarle a doña Laura Bush una feliz lectura de cuentos para los niños en la Fundación Rafael Pombo. Sin duda, le será más fácil a ella salir airosa en esa tarea que a su marido superar los inmensos desafíos en una América Latina que tanto cambió mientras él miraba para otro lado.