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La influencia del nuevo presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, fue decisiva la semana pasada para el giro -audaz para unos, salto al vacío para otros- de la política del presidente Álvaro Uribe en relación con las FARC. Unilateralmente, liberó a 111 guerrilleros de las FARC, entre ellos el llamado “canciller” Rodrigo Granda, que se encontraban detenidos en las cárceles colombianas, en un “gesto humanitario” como lo calificó la cumbre del G8 para iniciar el proceso de intercambio humanitario por ambas partes. Para nadie en Bogotá es desconocido que fue la influencia del presidente francés la que consiguió en parte, la otra es la distancia, impensada meses atrás, entre Uribe y el Congreso estadounidense; esta movida “audaz, sorpresiva y efectista” como lo calificó la revista Semana y que hasta el momento no parece va a tener una respuesta positiva por parte de las FARC. Ni Ingrid Betancourt, ni los 12 diputados, ni los estadounidenses prisioneros, ni nadie han sido liberados en reciprocidad por la medida del Gobierno colombiano. La Cumbre del G8 felicitó a Uribe, pero las FARC no hicieron ninguna declaración y menos, por supuesto, un gesto similar.
Este “gesto” del presidente Uribe marca un giro en su política hacia las guerrillas de las FARC y en general al Plan Colombia. Después de esta liberación, será difícil volver a manejar el lenguaje oficial que satanizaba a los guerrilleros tildándolos de bandidos y de terroristas y que incluso negaba la existencia del conflicto armado.
Es cierto que el presidente puede en poco tiempo echarles en cara y denunciarlos ante la opinión pública internacional como insensibles a acuerdos humanitarios y pedir por lo mismo más apoyo para una guerra sin cuartel en vista de la calidad moral de los guerrilleros. Pero el hecho es que han sido liberados, lo que le quita peso moral y político al discurso oficial.
Uribe experimenta una difícil relación con un sector de su aliado por excelencia. Nunca como ahora desde el inicio del actual Gobierno, Colombia había estado en una posición tan tensa con el poder legislativo de los EEUU del que depende el TLC y la aprobación de los montos financieros anuales para el Plan Colombia y en consecuencia tan vulnerable, pese al apoyo del presidente Bush. Esta situación era impensable hace un par de años cuando Colombia aparecía como el más fuerte aliado de los EEUU en Sudamérica, la futura firma del TLC se daba ya como un hecho y la reanudación de la segunda parte del Plan Colombia se consideraba prácticamente aprobada. Los continuos viajes de Uribe a Washington en estos últimos meses, demasiados para algunos, lo evidencian.
De ahí la oportunidad de obtener, vía Sarkozy, un apoyo inesperado no solo de Francia sino de la UE. Pero ello ha implicado costos fuertes como la liberación sin beneficio de inventario de los guerrilleros, el abandono del discurso oficial pero sobre todo los objetivos y las políticas que se han venido manteniendo desde el comienzo.