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Moncayo se acerca a Bogotá

28/07/2007 - La Prensa

El ‘caminante de la paz’ podría lograr dos millones de firmas para hacer posible un acuerdo humanitario.

Gustavo Moncayo, el caminante de la pazTreinta y siete días después de haber iniciado su caminata, el profesor Gustavo Moncayo, que ya es más conocido en el país como "el caminante de la paz", no pierde ánimo.

Los abrazos, las sonrisas y las palabras de solidaridad que recibe a cada paso son el combustible que lo hacen seguir, pero sus pies les fallan. Las plantas se les han ampollado. Ya perdió la uña del meñique izquierdo, el pie que más le molesta.

Aunque parece más un adorno, a ratos de verdad se apoya con el bastón de madera que le regalaron en el camino.

En algunos tramos sus pies se arrastran y él simula un trote para no rendirse, y tampoco deja de sonreír con esos ojos grandes, y de alzar la mano, o el puño para saludar a los camioneros que le pitan en la carretera o a las señoras que desde sus ventanas le gritan "¡libertad!".

Piden libertad para su hijo, el soldado Pablo Emilio Moncayo, que hace nueve años y siete meses fue secuestrado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la toma que hubo en el cerro de Patascoy, al suroccidente del país. Por él está caminando este hombre de 55 años, que se ha ganado la vida como profesor de Ciencias Sociales en Sandoná, un municipio de Nariño, que casi pega con el Ecuador. Y de él supo hace unos días en pleno camino, cuando las FARC enviaron un video a un canal local, a través de Al Jezzera, con siete pruebas de vida, entre ellas, la de su Pablo Emilio, que tiene ojos grandes iguales a los suyos.

TRAYECTORIA

El miércoles de la semana pasada el profesor, que algunos ya le dicen "maestro", salió de Ibagué, capital del Tolimá a 210 kilómetros al sur de Bogotá, a la que había llegado dos días antes.

Moncayo, que podría llegar a la capital este fin de semana, tenía la intención de avanzar hasta El Chicoral, a 25 kilómetros de Ibagué.

En ocho horas solo caminó la mitad. Sus pies les fallaron. Cambió dos veces de zapatos. No aguantó los tenis nuevos que le dio un señor de Ibagué. También le molestaron las zapatillas que le regalaron en el supermercado.

Al menos tres veces hizo escalas para que Héctor Martínez, un miembro de la Defensa Civil de Cali, que se ha sumado a su caminata y se ha convertido en su enfermero durante las últimas tres semanas, le aplicara diclofenac gel, le colocara vendas y dos calcetines en cada pie para acolchonarlos y amortiguar la temperatura del cemento que a mediodía, se calienta suave a 40 grados.

ZAPATOS ROTOS

Moncayo no sabe cuántos pares de zapatos ha cambiado en el último mes. Joimer Ojeda, uno de sus 32 acompañantes, sí recuerda que el día que lo topó en el municipio de Rosas, antes de llegar a Popayán, llevaba unos zapatos de cuero, que de tan viejos no tenían color. Al verlo, Ojeda, no se explicaba cómo "el profe" podía andar con esos zapatos.

Recuerda que el primer relevo para sus pies se los llevó en Popayán, el hijo de un político que se sumó durante unos días a la caminata, que como una bola de nieve ha ido sumando simpatía, adeptos y solidaridad en todos los rincones de Colombia.

Cuando el profesor salió de su casa en Sandoná, seguramente en lo menos que pensó era en sus pies. Yuri Tatiana, su hija de 20 años, dice que cada uno salió con un morral en el que llevaba dos interiores, dos pares de calcetines, dos camisetas y otro pantalón. Nada más. Ni dinero.

"Yo creía que él llevaba dinero, pero en el camino me di cuenta que no, y él me dijo que me quedara tranquila que nada nos iba a faltar", dice la veinteañera, que a pesar del dengue hemorrágico que la atacó en el trayecto, no quiso abandonar la marcha de su papá.

¡ACUERDO YA!

El profesor Moncayo ha tenido claro que su marcha es una protesta "contra el Presidente que no quiere buscar la salida del acuerdo humanitario".

Cuando Moncayo entre a Bogotá no lo hará solo. Un grupo de gente viene con él, desde hace muchos kilómetros atrás, y han plasmado su apoyo en decenas de papeles en los que han firmado por un acuerdo humanitario. "Queremos que esto termine en un acuerdo humanitario", dice Carlos Alberto Zúñiga, un caleño que lleva más de 20 días caminando con el profesor y quien tiene a un pariente secuestrado hace tres años. "Ese es nuestro objetivo", comenta Carlos Alberto, quien espera graduarse pronto de profesor de matemáticas. Algunos de los caminantes han dicho que si la marcha termina en nada, continuarán caminando hasta que se logre algo. Ojeda, por lo pronto, se devolverá a su Villavicencio natal, a pie.

Hasta el miércoles, los caminantes que van con Moncayo estimaban que iban casi 2 millones de firmas, las suficientes para que en teoría se obligue al gobierno a decretar ley el acuerdo humanitario que buscaría la libertad de los secuestrados. A pesar de sus pies, Moncayo espera llegar y poner en manos del Presidente estas firmas. Espera que su petición la apoyen los gobernadores de varios departamentos, y el alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, que se le juntarán en Soacha, en la entrada de Bogotá, y caminarán con él hasta la plaza de Bolívar.

No lo reconoce, pero es posible que Moncayo no vuelva a las aulas de clases.

"Estoy enseñando desde aquí", dice mientras le tiende la mano a una niña que se ha acercado a saludarlo, y como en una carrera de relevo su mano se mantiene extendida y saludando a una multitud que quiere abrazarlo.

Por ahora, en el colegio donde trabaja, en Sandoná, le han dado licencia para que continúe con este esfuerzo, que algunos tildaron de "locura" como el obispo de Nariño, quien llegó a decirle que parara y que ya había mandado a buscar al siquiatra que lo ayudaría.

Moncayo, reconoce, que esta caminata ha partido su vida en tres: el secuestro de su hijo, su familia y esta marcha, que nunca imaginó tuviera el efecto que ha tenido. "Colombia está despertando", dice.

Y eso repiten los que lo acompañan, que aseguran que en otras ciudades la conmoción ha sido igual, incluso mayor que la de Ibagué.

Un comentario que suena un poco frívolo, pero que dimensiona el efecto Moncayo: "Este hombre es como Shakira", dice Álvaro Miguel Minas, el periodista de Caracol, que lo ha acompañado en gran parte del camino.

Moncayo, que no sabía en qué iba a parar todo esto cuando empezó a caminar, tiene claro que debe arrancar el compromiso del acuerdo humanitario al gobierno, que considera indolente.

Durante la caminata, también ha rayado el cuadro de lo que será una fundación que se llamará "Pamo, por Pablo y Moncayo", y que sí trabajará con los familiares de los secuestrados, porque lo que hay, a su juicio, no ha funcionado. Tantos planes, dejan claro que por ahora, sus ampollas son lo de menos.


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