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«Olíamos a la muerte cada día»

25/02/2006 - Liberation

En Libération, Franklin Pérez, ex-rehén de las FARC, cuenta sus tres años de cautiverio:

Aún hoy, a Franklin Pérez le cuesta conciliar el sueño. Años después de su liberación, los fantasmas de su cautiverio en manos de la guerrilla colombiana, no dejan de perseguirle en su casita de Bogotá, lejos de las selvas húmedas en donde él perdió tres años de su vida. “A veces tengo ganas de partir de nuevo para morir combatiendo”, larga el antiguo soldado de 26 años.

El 3 de agosto de 1998, la aislada base militar de Miraflores, en donde él estaba asignado, fue atacada por centenares de combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, de extrema izquierda). El edificio, igual que el puesto de policía fue destruido, y Franklin, como muchos soldados, sólo ha sobrevivido gracias al haber huido de una persecución por la vegetación tropical. Después de una noche de batalla, cubierto de lodo, él surgió en un claro de la selva.... en donde los guerrilleros se reunían. “Sentí una bala rozarme el brazo. Los tenía alrededor mío, solté mi arma.

Harto bien planificado. El soldado acababa de formar parte de un botín humano que las FARC irían acrecentando con el transcurso de los años. Otras capturas de combatientes iban a suceder al ataque de Miraflores, pero también secuestros de civiles harto bien planificados, como el del senador Jorge Gechem, capturado en un camino rural el 20 de febrero del 2002. Tres días más tarde, en una vía del sur del país, en plena guerra, la candidata a la presidencia de entonces Ingrid Betancourt y su brazo derecho, Clara Rojas, se topaban a su vez con un control guerrillero.

Inmediatamente después de su captura, Franklin y los otros soldados y policías de Miraflores tuvieron que seguir a los guerrilleros en su fuga, con “una cuerda al cuello”. En un país, grande como dos veces Francia, en donde el Sur está cubierto de jungla o peinado de cordilleras abruptas, los secuestradores infligieron a sus prisioneros marchas de varios días para escapar a las búsquedas militares. A los desplazamientos se sucedían largos períodos de inactividad, en chozas rodeadas de alambre de púas, bajo el tapado de los árboles.

Registros rigurosos. Para matar el tiempo, Franklin, iletrado en el momento de su captura, acaba de aprender a leer y escribir: Otros dibujan o esculpen, gracias utensilios minúsculos que han escapado a los registros rigurosos de los guardas, o trafican las raciones dadas a cuenta-gotas. “Como no fumaba, yo era rico”, bromea el soldado. Cada cigarrillo podía cambiarse por papel higiénico, jabón...... Par no volverse loco, en el transcurso de los largos días « sin ver el sol », Franklin se dedicaba a hacer velitas o flexiones. A escondidas y a veces de noche: debía engañar la vigilancia de los guerrilleros, quienes vigilaban las actividades de los rehenes para evitar las tentativas de evasión, reprimidas sin piedad. Varios evadidos, de nuevo alcanzados, fueron abatidos. “Sentíamos la amenaza de la muerte cada día” , recuerda el ex recluta.

Tanto como a una bala o a un ataque aéreo ciego del ejército, los rehenes temían también las enfermedades: diarreas, leishmaniosis, o las crisis de paludismo que tumbaron a Franklin en ocho ocasiones. “Las FARC tenían medicinas en cada ocasión, tuve suerte”. Constata. Todos no han tenido la misma suerte : la semana pasada, un miembro de las FARC hizo llegar la noticia de la muerte del capitán Julián Guevara, capturado cuando fue atacada una guarnición hace siete años, después “de cuatro días de una enfermedad súbita ”.

En las escasas cartas llegadas a su familia, el oficial, como Franklin, manifestaba su lucha contra el enemigo cotidiano de los rehenes: « la soledad », incluso en medio de los otros cautivos. Huérfano, Pérez esperó en vano una carta de su hermano menor o de sus tíos, o un mensaje personal durante las emisiones de radio consagradas a los rehenes. Cuando al fin se produjo la liberación, en julio del 2001, él no “reconocía a su familia”, dice. Las FARC finalmente habían aceptado soltarlo junto con otros 358 soldados y policías, por 14 de sus jefes encarcelados. “¡No me lo podía creer! Íbamos a redescubrir la libertad, la ciudad....

Depresiones e insomnios. Es hoy, un intercambio similar el que la guerrilla exige : la liberación de centenares de sus combatientes, contra sus 59 rehenes, ente los cuales Ingrid Betancourt. Pero ni las FARC ni el gobierno siquiera han comenzado a negociar. Y Franklin, el antiguo rehén de mirada extraviada, continuamente a merced de las depresiones e insomnios, no se atreve ya a imaginar lo que sienten sus compañeros que llevan ya a veces cautivos ocho años .


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