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El próximo miércoles cumplen tres años de cautiverio la ex candidata a la presidencia Íngrid Betancourt y su amiga Clara Rojas.
Ya han pasado tres cosechas de maíz, dos de tomates, otras dos de naranjas y una de papaya en la pequeña huerta de la casa donde vive Clara Leticia de Rojas desde que a su hija, a la que bautizó con su nombre, se la llevaron las Farc.
La mujer, de 72 años, de canas bien peinadas y que camina pausado porque dice que sus huesos se han oxidado, les ha dedicado los últimos tres años de su vida a esas matas y árboles, tratando de olvidar las pesadillas que la asaltan por no saber nada de Clara, la menor de sus cuatro hijos.
Se la pasa en la casa, a la que se mudó al enviudar hace cinco años, con un celular colgado a su cuello, esperando la noticia de su liberación.
Los vecinos de Útica, donde queda la casa, le preguntan al verla pasar a misa o a una tienda por Clara 'Leti' y se quejan de que pocas veces escuchan su nombre en las noticias cuando hablan de los secuestrados y de que solo mencionan a Íngrid Betancourt. Ella no sabe qué responderles, pues su dolor ha sido tan silencioso como las noticias de su hija.
Clara 'Leti' decidió el 23 de febrero del 2002 irse con Íngrid, a quien había conocido ocho años atrás y a quien asesoraba en su campaña a la Presidencia, cuando las Farc la secuestraron, en el camino de Florencia a San Vicente del Caguán.
Ese día doña Clara Leticia la esperaba en su casa. Ella le había anunciado que la visitaría con su amiga Íngrid ese fin de semana, pero por algo del destino, que todavía no sabe, no tocó a su puerta. Por eso se sorprendió cuando le contaron los vecinos que algo había pasado en Caquetá.
"En ese momento todo era confuso, por las noticias hablaban de una periodista Rojas. Yo pensaba que era otra persona", recuerda. Intentó llamar a su celular, a su apartamento, pero no le respondía. Le tocó esperar hasta el otro día pues la oficina de Telecom la cerraron. Al amanecer se fue en flota a Bogotá a preguntar qué había pasado con su hija y en la sede de la campaña a la Presidencia, donde estaba la familia de Íngrid, se enteró de que las dos estaban secuestradas.
"No entiendo por qué Clara 'Leti' la acompañó, ella era de la parte organizativa y casi no viajaba con ella", todavía se pregunta la madre, que asegura que no puede reprocharle a su hija el haberse ido con Íngrid. "Ese fue un gesto de solidaridad, ellas no midieron las consecuencias. Siento gran admiración por mi hija, por la decisión que tomó en ese momento, yo como madre no tengo por qué invalidar un gesto de tanta nobleza, de tanto compañerismo".
Intento de canje
Los primeros días, doña Clara Leticia se la pasó en misas, reuniones, charlas y marchas, que todavía se repiten.
Al mes del secuestro pensó que su hija iba a volver. Asistió a la funeraria los tres días de velorio del papá de Íngrid, con la esperanza de que en cualquier momento pudieran llegar las dos, gracias a un gesto de las Farc, pero no fue así. Y tres meses después, en la víspera de las elecciones que ganó Álvaro Uribe también se ilusionaron con su regreso, pero solo la vieron al mes siguiente.
Las Farc les enviaron un video desde su cautiverio. "La vi muy demacrada, todo el tiempo estaba tensa", recuerda.
Por esos días, uno de sus tres hijos, Germán Eduardo, intentó canjearse por Clara. Se fue de Útica caminando por entre el monte, recorrió varios kilómetros hasta que encontró a unos guerrilleros y les dijo que venía a canjearse por su hermana.
Los subversivos, sorprendidos, le explicaron que la tenía otro frente, que ellos no tenían nada que ver con eso y lo devolvieron.
"Yo me enteré después, si hubiera sabido antes no lo hubiera dejado ir. Le agradecí el gesto, pero le dije que eso no estaba bien. Eso es producto de la desesperación, porque uno no sabe qué puede hacer por ella", comenta la mujer, que a los seis meses del secuestro decidió regresar a su casa de Útica, que había comprado con su esposo para pasar los últimos años.
Volvió con los libros que su hija, una abogada de la Universidad de El Rosario, tenía en su biblioteca, entre los que había biografías de Margaret Tacher y Winston Churchill, y la perra labradora que ella había dejado ese fin de semana en su apartamento de Bogotá.
Pensó que sus otros tres hijos debían quedarse en Bogotá pendientes de lo que ocurriera y solo fueran cada mes, para ahorrar gastos. Le enviaron un televisor para que estuviera pendiente de las noticias y le dieron el celular para que se pudiera comunicar a cualquier hora del día.
En la fanegada de huerta de su casa se dedicó a sembrar. "Leí un libro de una doctora que había salvado a una paciente de cáncer diciéndole que tenía que sembrar plantas y regarlas todos los días". Entonces, comenzaron las cosechas y las pesadillas.
De regreso a la casa
"No podía dormir. Veía que me arrebataban a mi hija cuando era pequeñita y me despertaba angustiada". La pesadilla se repetía. Y en las noches de tormentas y truenos no podía dormir pensando cómo estaba ella.
Fue al médico, que le recomendó unas vitaminas para que conciliara el sueño, pero todavía esa imagen la sigue desvelando.
Solo volvió a tener noticias de Clara 18 meses después del secuestro, cuando recibió un nuevo video.
"Me conmovió al verla demasiado tranquila. Decía que estaba haciendo carpetas. Desde el colegio no hacía esas cosas, a mí me estaba haciendo una con unos dibujos de fresas. Me contaba que se levantaba muy temprano a orar y que ya no iba al río a bañarse porque le salió una serpiente", recuerda.
Clara 'Leti' le contó que estaba asumiendo el secuestro como un paseo, pero, como decía su padre, le dijo que lo mejor del paseo es el regreso y que ella quería regresar.
Después del video, prefirió no enviarle más mensajes por las emisoras porque ella no mencionó que los escuchara.
"El país se enteraba de lo que uno estaba sufriendo y a mí no me interesaba que el país supiera eso, lo que quería era que mi hija me escuchara", dice la señora.
Desde entonces no ha tenido noticias de ella. Solo se ha enterado de falsas alarmas de liberaciones, como la de julio del 2003, cuando se rumoró que Íngrid podría ser liberada en Brasil y que todavía no sabe en realidad qué pasó.
Su corazón no solo ha tenido que soportar su ausencia sino los comentarios malintencionados que hacen sobre su secuestro.
"Una vez me encontré a una niña en un almacén que me dijo que Clara 'Leti' estaba insertada en la guerrilla. ¿De dónde saca eso la gente?", se pregunta la señora.
Ya van tres años
Por eso, doña Clara Leticia prefiere a veces pasar su tristeza entre los tomates, las papayas, las matas de yuca, los árboles de naranja, a los que ha visto dar frutos varias veces, mientras espera el regreso de su hija, quien cumplió sus 41 años estando en cautiverio.
"Cuando las Farc dijeron que iban a estar un año secuestradas me parecía increíble, pero ya han pasado tres".
A veces piensa que tal vez no ha hecho lo suficiente, pero tampoco sabe qué es lo que se debe hacer para que su hija vuelva, pues no tiene en sus manos los contactos para lograr su liberación.
Pese a que en muchas ocasiones no mencionan a Clara tanto como a Íngrid, piensa que a su hija no la han olvidado. De eso se da cuenta cuando va a una papelería vecina de su casa, donde le prestan un computador para revisar su correo electrónico.
Le mandan diariamente unos 40 correos de muchas partes del mundo, con noticias y mensajes de aliento. "Una señora de Chile me escribe y me dice que la tienen en oración. Otra mujer de Europa me dice que le creó una página en internet y me pide fotos de ella".
Su recuerdo, como el de todos los secuestrados, está presente en su huerta. En noviembre del año pasado, cuando cumplieron mil días de cautiverio, sembró dos naranjos en honor a Clara e Íngrid y 70 papayos por los demás cautivos. "Yo misma preparé los semilleros, hice los huecos y los sembré uno a uno".
Viendo crecer sus nuevas matas llegó otra vez febrero. A principios de este mes, como lo ha hecho decenas de veces, volvió a salir en una flota rumbo a Bogotá para preparar los actos del tercer aniversario del secuestro.
Antes de partir, le pidió a una vecina que le regara los dos árboles de naranjas y los 70 papayos para que no se marchiten.