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Esperábamos, como al lobo blanco, una « prueba de vida », de Ingrid Betancourt, retenida por las FARC desde hace ya cinco años. Luego de varias vacilaciones y vueltas a la actualidad, un vídeo oscuro, triste y simple y una carta seca, no han hecho más que reforzar la angustia de una familia desgastada, pero obstinada, nutrida por su esperanza, mas atrapada por la angustia.
Ingrid Betancourt se ha manifestado por fin. Unas imágenes sin palabras, un trozo de un vídeo oscuro, granilloso y glauco, en el cual se puede contemplar las congojas de una larga detención, el semblante cansado, la mirada abatida, la cabellera tan larga como sobre el cráneo de un muerto. La prueba de vida de Ingrid Betancourt, antes que volver a levantar la moral de los suyos que querían saber en qué había venid a parar la mujer, la madre, la hija, la amiga, los ha sumido brutalmente en una especie de duda, de espanto, de angustia tensa y punzante.
De repente la pregunta ya no era saber cuándo sería liberada Ingrid Betancourt, sino si sobreviviría aún mucho tiempo a la detención. ¿Debemos extrañarnos por esto? Realmente no. Después de todo, hace ya cinco años que la diputada franco-colombiana es transportada por sus carceleros de abrigo en abrigo, por una selva no democrática sino francamente anárquica, húmeda y silvestre, única mujer en medio de un grupo de hombres de los cuales algunos están igualmente retenidos desde hace largos años. Ingrid Betancourt no es la única que vive este calvario, pero es la única mujer en medio de numerosos hombres. Con lo que esto puede engendrar, en términos de tensiones más o menos sanas.
No es una visión quimérica, es ella quien lo escribe: “la presencia de una mujer en medio de tantos prisioneros masculinos que llevan ya entre 8 hasta 10 años en esta situación, es un problema” (…) “Antes, disfrutaba cada baño en el río. Como soy la única mujer del grupo, me toca prácticamente vestida: short, camisa, botas. Antes me gustaba nadar en el río hoy ni siquiera tengo alientos para eso. Estoy débil, friolenta, parezco un gato acercándose al agua. Yo que tanto he adorado el agua, ni me reconozco.”
Ella lo escribe, sí, en una carta pasmosa que nos habla mucho de su secuestro y la dureza de éste, de las privaciones y las consecuencias: "Este es un momento muy duro para mí. Piden pruebas de supervivencia a quemarropa y aquí estoy escribiéndote mi alma tendida sobre este papel. Estoy mal físicamente. No he vuelto a comer, el apetito se me bloqueó, el pelo se me cae en grandes cantidades “No tengo ganas de nada. Creo que eso es lo único que está bien, no tengo ganas de nada porque aquí en esta selva la única respuesta a todo es 'no'. Es mejor, entonces, no querer nada para quedar libre al menos de deseos”.
Betancourt escribe, se entrega, para obedecer a sus carceleros que corren tras una prueba de vida. Ella lo hace sin tapujos, sin disimular, sin eludir, se entrega al desnudo: “la vida aquí no es vida, es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo o sobrevivo en una hamaca tendida entre dos palos, cubierta con un mosquitero y con una carpa encima, que oficia de techo, con lo cual puedo pensar que tengo una casa.” (…) Betancourt cuenta su calvario, luego se dirige abundantemente a la familia, los hijos, agradece a quienes la han apoyado, ayudado, sostenido y de repente, ahí es donde, tal vez, el texto se torna más denso y suena como una carta de despedida: “Durante muchos años he pensado que mientras esté viva, mientras siga respirando, tengo que seguir albergando la esperanza. Ya no tengo las mismas fuerzas, ya me cuesta mucho trabajo seguir creyendo (…)”. Esta frase, que sigue a una serie de agradecimientos o peticiones de ayuda a los presidentes estadounidense, francés y venezolano, es terrible, suena de golpe como un toque de muerto. “Durante muchos años he pensado que mientras esté viva”, formulación aterradora, - no podemos ponerlo en duda un solo instante - para los hijos y la familia.
Mediante esta carta, este vídeo, Ingrid Betancourt, “símbolo”, “imagen”, “problema”, “caso”, “asunto”, vuelve a ser simplemente una “persona”. Una mujer, un rostro, una escritura, palabras, un ser vivo. Por fin caemos en cuenta de la realidad de Ingrid Betancourt. Está ahí, ante nuestros ojos, está ahí, brutalmente, escrita, descrita, sacada a la luz (o más bien en la semipenumbra), impuesta a nuestra mirada. Por fin. Y, este fin de semana no podíamos pasar por alto su mensaje, su rostro en Internet. Pero, ¿Por cuánto tiempo? Poco antes, habíamos asistido a los números de equilibrista del dictador Chávez, unas veces Zorro y luego cándido, incapaz de aportar cualquier prueba a Sarkozy, luego retirado de su papel de mediador por Uribe, presidente colombiano ,
Uribe está enterado del problema de los rehenes pero de momento no ha intentado nada coherente para salvarlos, para sacarlos de la jungla. Los intentos de sus militares sólo han acarreado hasta ahora matanzas. Se llama también a Estados Unidos a que “presionen” a Uribe para que vuelva de nuevo a la negociación. El mismo Uribe quien lanza comunicados de manera relativamente asquerosa en cuanto atañe a la familia de Ingrid Betancourt, pretende precisamente, sin prueba tangible que la rehén “presenta señales de tortura”. Sarkozy, en cuanto a él ha sido llamado vivamente para desempeñar “papel importante” en las eventuales “negociaciones”. Pero, ¿qué negociaciones? Y ¿qué papel? ¿qué poder tiene Sarkozy en este asunto ? ¿Quién rige, en realidad el asunto de los rehenes de las FARC, a no ser las mismas FARC ? ¿Ellas solas?
¿Podemos experimentar una sensación desagradable de malestar ante esa sedicente “prueba de vida”. Sensación no provocada por la aparente deterioración del estado de salud de la rehén, deterioración desgraciadamente previsible si se consideran la duración y las condiciones de detención? No, la desagradable sensación que experimentamos, ese delicado malestar, ese poquito de náusea, proviene del hecho de que nos decimos que ha sido preciso llegar a tal punto para que por fin nos dignemos interesarnos de manera seria por Ingrid Betancourt y todos los que llevan secuestrados lustros con ella, en la jungla. Dicha náusea nace del hecho de que también nos da la impresión que cada uno de entre los gobernantes solicitados se devuelve la pelota y la saca de banda como si quisieran por todos los medios disimular su impotencia.
Hemos rebasado los límites del tiempo para remover cielo y tierra y ponerle punto final a esta situación. Ingrid Betancourt, todavía está viva. De momento