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El 23 de febrero del 2002, Ingrid Betancourt, candidata a la elección presidencial en Colombia, fue secuestrada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Desde esta fecha la madre lucha para obtener la liberación de su hija y de los rehenes detenidos por la guerrilla . Cada día, sin saber siquiera si le llega, Yolanda Pulecio Betancourt envía un mensaje a Ingrid, gracias a una estación de radio. Las ediciones Robert Lafont acaban de publicar una compilación de estos mensajes, Ingrid, hija mía ,mi amor
Ella no intenta disfrazar la realidad. ¿Acaso podría? De entrada, Yolanda Pulecio Betancourt le revela su angustia. El desasosiego que lleva dentro desde que secuestraron a Ingrid. Y el rastrero miedo que se aprovecha del mínimo resquicio para insinuarse en su alma, la retuerce, la pisotea. A veces Yolanda se ahoga. El aire llega a faltarle. Una angustia insostenible la sumerge . ¿Gritar ? Cierra los ojos. Reza . Llora. Las lágrimas alivian su pena, por un instante. Ella toma el aire con el fin de recobrar aliento. No quiere , no puede abandonarse. Eso sería traicionar a Ingrid, soltarle la mano. Es preciso que resista cueste lo que cueste. ¡Cómo pesan estos años de espera! ¡Qué difícil es llevarlos a cuestas ! Yolanda está agotada. Se le nota. Poco le importa. Una no se acostumbra a levantar cada día su carga, pero Yolanda no tiene elección. Aunque se haya roto mil veces, la esperanza no la abandona. La desesperanza tampoco. Vive con éstas. Siempre zarandeada, halada, desgarrada. ¿Su fuerza ? No sabe bien de donde la saca. Sin duda de su infancia feliz. Su juventud. Nació en 1936 en una familia de la alta sociedad bogotana. Creció junto con sus hermanas, mimada por sus padres. A los 18 años, por casualidad, fue elegida reina de belleza. Yolanda hizo también estudios de Bellas artes. Festejada, cortejada, hubiera podido llevar una existencia frívola, infinitamente alegre y vacía si ella no hubiera encontrado, en las calles de la capital colombiana, la mirada de los niños sin hogar.
Yolanda comenzó por llevarlos a la universidad para que pudieran ganarse unos pesos sirviendo como modelos en los cursos de dibujo. Luego abrió un centro de acogida, un refugio, en fin los Albergues infantiles. Estos albergues en los que ha recogido, desde 1.958,a miles de huérfanos.Para defender mejor su causa se lanzó a la política. Diputada, luego senadora, estaba del lado de Luís Carlos Galán, candidato a la elección presidencial, cuando fue asesinado por narcotraficantes a los que él les había declarado la guerra.
Fue después de este asesinato cuando su hija Ingrid, quien vivía en París, regresó a Bogotá par portar la antorcha de Luís Carlos. Como Yolanda, Ingrid fue elegida diputada y senadora. Fue en plena campaña electoral cuando las FARC la secuestraron. ¿Qué vale la vida de una mujer para las FARC? (……..)
Ingrid Betancourt no es para ellos una cautiva contra un rescate. Ella hace parte de los « prisioneros políticos ». Es decir, escudos humanos. A los que se matan en caso de un ataque por parte del ejército. Yolanda lo sabe.
En varias ocasiones, ella se ha opuesto a operaciones militares en la selva. Ella ruega que se haga un acuerdo humanitario, un intercambio entre los rehenes de las FARC y los guerrilleros prisioneros en las cárceles colombianas. (……………….…..) El presidente Álvaro Uribe, cuyo padre fue asesinado por las FARC, ha preferido la firmeza con éstas. Cada mañana, Yolanda se levanta a las 4.30, para llamar por teléfono a la emisora de radio- que emite hasta el fondo de la selva- para leer por el micrófono el mensaje para Ingrid. A veces la línea está sobrecargada, también los parientes de los secuestrados intentan ponerse en contacto con Antena 2 y el espacio horario es pequeño.
Yolanda sale de Bogotá lo menos posible porque desde el extranjero es aún más difícil lograr la emisora. “Ignoro si mis mensajes llegan a Ingrid, pero cuando no puedo difundirlos, imagino a mi hija que enciende la radio y esto es insoportable, comprendan, no puedo soportarlo”. De pelo negro, menuda, Yolanda está sentada en un sillón rojo, demasiado grande para ella. Suavemente, casi con precaución, remueve recuerdos de antaño. Como cuando se hojea un viejo álbum de fotografías. Pero no puede evadirse nunca por mucho tiempo. Sin cesar vuelve al presente. Es una prisión de muros impalpables lo que la encierra. Vive en el mundo, se ocupa de sus Albergues infantiles siempre, multiplica las gestiones, encuentra presidentes y ministros, recibe, en nombre de su hija, premios y decoraciones pero en la realidad está emparedada.
Yolanda ha gustado de la alegría, de las risas, lo vemos en sus ojos,. Para las necesidades de su asociación sigue asistiendo a las recepciones, veladas pero se queda muy poco. “La indiferencia de la gente me mata. Charlan de cualquier cosa como si ….”. Yolanda no es ingenua. Sabe bien que la vida en la tierra no se detuvo el día en que secuestraron a Ingrid. Comprende y de repente ya no comprende. Ella quisiera aullar su ira, su sufrimiento. Sacudir a los distraídos, los despreocupados, los impasibles, para que despierten. Para que se levanten todos y formen una inmensa cadena y que nada, ni las FARC, ni los narcotraficantes, ni ninguna razón de Estado puedan impedir a esta marea humana el salvar a los rehenes de la selva.