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La Navidad ha cambiado, sin duda, como lo dice 'Calibán'. Pero desde hace varios años para unos tres mil hogares, es negra y amarga. Nos referimos a esas familias en las que en una noche como la de hoy se siente más el vacío de un ser querido que se halla en la cruel situación del secuestro. Para ellos, donde quiera que estén, va una voz de ánimo, así como una de solidaridad a quienes, hoy, no podrán desearles en persona feliz Navidad.
No serán fáciles los abrazos de esta noche, cuando faltan un padre, un hijo, un hermano o una esposa. Colombia entera debe recordar hoy a sus secuestrados. Hijos de la misma familia colombiana. Tal vez, el mejor regalo que podemos hacerles es reiterarles el propósito indeclinable de exigir su libertad. La de todos. Porque, sea el militar, el político, el empresario, el hombre de campo, el niño, el joven o el viejo, hacen mucha falta a los suyos.
Este azote ha sido uno de los más crueles para una sociedad agobiada y doliente, como reza la novena. El jueves, los cabos del Ejército Pablo Moncayo y José Libio Martínez, secuestrados en Patascoy, cumplieron nueve años en cautiverio. Otros como los diputados del Valle e Íngrid Betancourt, casi cinco. Pero así solo llevaran una hora, seguiremos condenando el secuestro y pidiendo su libertad junto a los demás.
Es inútil pedir a sus captores -las Farc y el Eln, principalmente- gestos de humanidad. Han mostrado hasta la saciedad su crueldad, reteniendo a cientos de seres humanos, por años, en condiciones indignas, en violación de normas elementales del derecho internacional humanitario. Colombia, unánime, debe elevar su condena a los secuestradores y guardar, ante el árbol, en familia, un minuto de silencio en solidaridad con quienes pasarán otra Navidad como esclavos de la horrenda industria del secuestro.