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El Tiempo : Columnas de opinión
Alfonso López Michelsen
¿UNA NUEVA FRUSTRACIÓN?
El Acuerdo Humanitario
Una institución que no admite condicionamientos.
Ninguna discrepancia tan honda con el actual Gobierno como la que mantenemos a propósito del alcance del Acuerdo Humanitario. Una y otra vez me ha correspondido enfrentarme a los voceros de la administración en foros o en escritos polémicos, en donde gentes de la más alta jerarquía política controvierten mi opinión, según la cual la institución conocida como el Acuerdo Humanitario no admite condicionamientos.
En vano, una y otra vez, adopté como punto de referencia el canje de espías o de prisioneros durante la guerra fría, cuando, sin atribuirse ninguna ventaja, o darle sabor de capitulación, se ponía en práctica un canje entre soviéticos y demócratas occidentales, que se abstenían de cualquier nota humillante que desvirtuara el estricto carácter humanitario que debe tener este acuerdo especial, sin perjuicio de que existan otros especiales, o generales, en los cuales media una negociación, que deriva, frecuentemente, en una posición.
En nuestro tiempo, disputas tan enconadas como las de israelíes y palestinos, llegan, tratándose de un Acuerdo Humanitario, a ampliarlo al extremo de entregar prisioneros contra los cadáveres o los restos mortales de copartidarios caídos en el campo de batalla. Vale decir que, como su nombre lo indica, que casi podría equipararse a "caritativo", en lugar de "humanitario", en tales acuerdos no cabe ni ser cruel ni ser generoso frente a la contraparte.
Es solamente a la luz de los principios humanitarios como se pone en marcha el mecanismo absolutamente neutral, que permite el entendimiento mecánico sin ninguna implicación política favorable o desfavorable. Cuanto ha ocurrido en estas dos semanas ilustra, sin ambigüedades, y a pesar de no ser propiamente un Acuerdo Humanitario, cuáles son los rasgos que deben caracterizarlo.
El autor de estas líneas había planteado en su última intervención sobre este tema la conveniencia de sustituir el Acuerdo propiamente dicho por una mediación de países amigos que transmitiera los criterios de cada una de las partes dentro de la más completa confidencialidad, para poder presentar, como fruto de su gestión, una solución que conciliara las aspiraciones de uno y otro, con miras a poder imponer, autorizadamente, una fórmula aceptable para ambas partes.
Desafortunadamente, ocurrió todo lo contrario. Es cierto que se constituyó la comisión mediadora, que fue una iniciativa de Francia, acogida por el Gobierno Nacional, y no, como se pretendió hacer creer, una de Colombia acogida por Francia, Suiza y España, todo lo cual fue aclarado por el comunicado de la Cancillería de París.
Superado el estorbo, era de esperarse que los mediadores dieran a conocer su propuesta al público, simultáneamente con la reacción de las partes. Sin embargo, fue el Gobierno colombiano el que reveló, con lujo de detalles, la solución constructiva a que había llegado la comisión y que de antemano había sido aceptada por nuestro Presidente, lo cual distorsionaba, en cierta manera, la mediación, como lo han anotado miembros de la oposición, que le atribuyen al insuceso más al procedimiento que al contenido mismo de la propuesta que, ya aceptada unilateralmente, abrió una incógnita comparable a la eterna ruptura de los acuerdos humanitarios, cuando se intenta darle alcance político a la propuesta adoptada por una de las partes y se desata la presión para que acepte la otra.
De esta suerte, la mediación, que es casi obligatoria, por su naturaleza, se transforma en un paso político al cual tiene que dar respuesta la contraparte, como si dicha solución tuviera dueño y nombre propio y no hubiera emanado de una comisión neutral, imparcial y eminentemente constructiva.
Aparentemente, por un manejo precario, va camino de frustrarse la mediación de Francia, Suiza y España para propiciar un Acuerdo Humanitario entre el Gobierno y las Farc, lo cual sería verdaderamente lamentable en tiempos de la Navidad y el Año Nuevo.