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En el sobreexcitado centro de Medellín, los turistas se toman fotos ante las corpulentas esculturas de bronce dadas por Botero a su ciudad nativa. El metro aéreo desliza, altero, por encima del bullicio de los cláxones y de los vendedores ambulantes. Un grupito de de visitantes espera pacientemente en una esquina de la acera. La espera no dura: El Turibús está siempre a la hora en punto. Signo de la renovación de esta metrópolis de 2.5 millones de almas, famosa por su fiesta de las flores y sus niños matones, un bus para turistas recorre en adelante las avenidas atascadas de la segunda ciudad de Colombia. “En Medellín, la seguridad y el turismo no paran de aumentar”, explica Marisol Gómez, la radiante guía del Turibús.
La « ciudad de la eterna primavera » intenta hoy por hoy de deshacerse de su mala reputación. El momento parece propicio: Una rara paz reina ahí desde el 2003. Los grupos paramilitares, ligados al narcotráfico y a ciertos medios de negocios han arrancado a las milicias urbanas de la guerrilla el control de las comunas, el cinturón de miseria que domina Medellín. Temidos por sus sevicias, los “paras” han sometido a todos los bandidos de la ciudad, infiltrado las asociaciones de barrio, luego cesadas las matanzas y entregada una parte de las armas a cambio de la amnistía prometida por el presidente Álvaro Uribe, originario también de la region de Medellín. Resultado: “únicamente” 770 asesinatos en el 2005 en comparación con los 6000 en 1991, año negro de la ciudad. En esa época, Pablo Escobar ofrecía a los jóvenes sicarios una prima por cada policía abatido. Hoy día, aún el año sangriento del 2002, el de la brecha paramilitar y de la gigantescas operaciones de antiguerrilla del ejército en las comunas, parecen bien lejos.
Cierto, los burgueses de Medellín pueden cruzarse algunas veces con Salvatore Mancuso , sólidamente escoltado, en el centro comercial El Tesoro. Este riquísimo jefe paramilitar lleva desde su desmovilización una vida de vedette, relata el diario El Tiempo. Pero “es el precio de la paz. Y la paz no tiene precio”, dicen los orgullosos habitantes de Medellín. Si acaso los 4.100 paramilitares desmovilizados que vegetan en la ciudad preocupan más que la clemencia prometida a sus jefes. Son jóvenes, a menudo analfabetos y no conocen más que la guerra. Por el momento, el ambicioso programa de reinserción del alcalde independiente, Sergio Fajardo, ha permitido desactivar esta bomba de tiempo. Este matemático muy popular ha abierto bibliotecas en las comunas, extendido la cobertura social y sobretodo comenzado una política de educación ciudadana tan innovadora como bienvenida en esta ciudad preñada de cultura mafiosa.
“Medellín pasa por un buen momento y l vuelve la confianza”, resume Lucía González, conservadora del Museo de Antioquia. Carrefour ha abierto recientemente el cuarto supermercado. El Festival Internacional de Poesía de Medellín es uno de los más grandes del mundo. Y cada día, Marisol, la guía de Turibús alaba con gran cantidad de superlativos las ventajas de esta ciudad andina comerciante y festiva. El hospital universitario, “pionero en materia de transplante de órganos”. La torre Coltejer en forma de aguja de coser – “Medellín capital de la moda”. Los supermercados Éxito de Gustavo Toro, “la primera persona secuestrada en Colombia”. El parque de los Pies Descalzos y su recorrido antiestrés en medio de bambúes. O aún el parque Lleras, rebautizado “parque de la Silicona” por sus chicas a la moda narco y sus discotecas en la onda… Pero la gran curiosidad de Medellín sigue siendo el metrocable inaugurado en el 2.004: un teleférico unido al metro para desenclavar las comunas nororientales.
En la más católica de las ciudades colombianas, los sicarios hacen bendecir sus balas para los contratos delicados. Vírgenes en pie cuidan la entrada de las casas. Y se persignan antes de tomar el metrocable. Las telecabinas sobrevuelan un laberinto de callejuelas y de casas agarradas de la cordillera. La ropa seca en las azoteas. Piedras retienen los techos de lata. Lejos al sur, los modestos rascacielos del centro se distinguen en medio del smog. “Antes los taxis no se atrevían subir hasta aquí, sonríe una joven pasajera. Y si subían no bajaban…”
Al pie del metro cable, en la moderna avenida que atraviesa las miserables comunas, Milton, un ex para de 31 años con el cuerpo lacerado por las cicatrices, celebra también que la calma haya vuelto a “su” barrio. “Aquí, luchábamos todos los días contra guerrilleros, cuenta el jefe de los bandidos. Ustedes no imaginan lo que tuvimos que hacer para acabar con estos… Ahora, los turistas pueden bajar toda la avenida hasta el metro sin problemas. Sin necesidad de polis : yo he colocado a algunos de mis muchachos en cada esquina de calle ….” Aquí y allá, puñados de pícaros vestidos de rapistas saludan a Milton como una celebridad.
Milton está entre los « duros » de la banda de los Triana, « la más temida de Medellín”. Bajo su control: cuarenta barrios comprendidos entre Medellín y Bello, al norte de la aglomeración urbana; 1.200 miembros de los cuales 400 están en prisión. Y para “seguir siendo creíble” un serio armamento. Dentro del marco de los pactos de paz entre pandilleros apoyados por la alcaldía de Bello, Milton y sus pares se han vuelto “promotores de paz”. Cada pandilla se ha convertido en asociación de barrio. Y a cambio, la alcaldía les ha prometido financiamiento para sus proyectos de empresas. “No queremos ya matar a nadie, dice Milton quien desea montar una fábrica de zapatos deportivos. Antes, para los jóvenes éramos un modelo porque estábamos armados. Ahora porque nos batimos por la paz”. En este momento, el joven jefe de pandilla se arregla su oficina de promotor de paz. “Y mañana, organizo una kermés para recoger fondos para los ancianos del barrio”, agrega.
Milton ahora baja rápidamente una de esas calles aún marcadas por las batallas urbanas 2002-2003, pandillas contra pandillas o paras contra guerrillas. Entra sin golpear en una de esa casa llenas de impactos de balas. Una triste y anciana mujer lo recibe, se confunde en agradecimientos: dos meses hace que Milton le ha devuelto su casa. Los Triana, aliados de los paramilitares, se habían apropiado de más de una centena de casas, desde donde ellos vaciaban sus tambores sobre sus diversos enemigos. Ellos tienen aún unas sesenta casas que devolver “a manera de reparación”: Los jefes de la banda, dos hermanos en prisión, esperan una remisión de penas. “A proposito, implora la anciana, ¿ustedes no saben quién mató a mi nieto?”, un chico de 12 años asesinado en plena misa. Milton asegura que no sabe nada de eso y prefiere hablar más de la paz reencontrada.
La paz : los jefes de pandilla de Medellín no tienen más que esa palabra en la boca. Pero las mentalidades cambian con menos facilidad que las tasas de homicidio. “El mafioso que llega a una comuna y distribuye carros y casas a los pobres es un modelo de éxito. Y en caso de problemas de vecindario es a él a quien las gentes van a buscar”, explica Alonso Salazar, el adjunto del alcalde en cuestiones de seguridad. “ Pero por primera vez, continúa este periodista especialista de pandillas, un proceso de institucionalización
De mentalidades está en curso en Medellín.” Consciente que “ los factores culturales pueden precipitar de nuevo la ciudad a la violencia”, el autor de la Parábola de Pablo quiere revolucionar la cultura de las comunas. Todos los sábados, por ejemplo, Alonso Salazar sube a esos barrios sensibles a presentar a los habitantes las autoridades legítimas. “¿Quién dijo que la virgen protege a los asesinos?” interrogan en los muros de Medellín sobrios afiches colocados por la alcaldía. “No podemos permanecer de brazos cruzados esperando que don Berna arregle los problemas de la ciudad!” sonríe Alonso Salazar.
El nuevo padrino de Medellín es un antiguo sicario de Pablo Escobar convertido en jefe paramilitar : « Aquí, ni una hoja se mueve sin el permiso de don Berna”, previene un chofer de taxi. Pedido en extradición por Washington por narcotráfico, don Berna reina sobre el hampa de Medellín. Con él, los pequeños bandidos se mantienen a raya. Oficialmente, sus miles de combatientes “paras” han entregado las armas. Pero su control sobre las comunas permanece intacto, denuncian las ONG. Hoy día, según un ex paramilitar que profesa una lealtad sin fallas hacia “El Patrón”, “el negocio es sencillo: nosotros cuaidamos de que no haya mas muertes en Medellín y a cambio el gobierno no extradita a a Don Berna. Extraditar a ese señor sería jugar con la paz de Medellín”.
“Y si alguien intenta romper nuestro proceso de paz, agrega un joven jefe de pandilla de Bello convertido en “promotor de paz”, lo enviamos al San Pedro”, el cementerio central de Medellín, en donde reposan, al lado de antiguos presidentes colombianos, una generación de niños sacrificados.
«Et si quelqu'un tente de briser notre processus de paix, ajoute un jeune chef de gang de Bello reconverti en «promoteur de paix», on l'envoie au San Pedro», le cimetière central de Medellin, où repose, aux côtés d'anciens présidents colombiens, une génération de gamins sacrifiés.