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El drama económico que produce el secuestro

19/08/2004 - El Tiempo

Al dolor que produce el secuestro entre los familiares de la víctima se suma el drama económico

Cientos de familias que tienen secuestrado a uno de sus miembros 'saltan matones' para mantener el nivel de vida del que gozaban antes del plagio.

Una de ellas es María Consuelo Meza, que en medio del trajín de peines, secadores y tintes hace cuentas para no dejarse acorralar por el secuestro, que le cambió la vida a su familia.

El local que alquiló hace cuatro años en Cartago, para montar una peluquería y obtener ingresos extras, se convirtió en su segundo hogar desde que su esposo, el ex diputado Héctor Fabio Arizmendi, fue secuestrado por las Farc en el edificio de la Asamblea del Valle, en Cali, el 11 de abril del 2002.

Desde entonces, María Consuelo es una calculadora humana que hace toda suerte de malabares para evitar 'colgarse' con las cuotas de la casa y con los gastos de ella y sus dos hijos, Juan Camilo y Sebastián, de 5 y 7 años, respectivamente. En febrero, por ejemplo, tuvo que vender el carro de su marido.

"El impacto para la mujer es enorme, si se tiene en cuenta que el 80 por ciento de los secuestrados son hombres", anota Patricia Villaveces, directora de la Fundación País Libre.

Según ella, aparte del dolor que deben soportar por la pérdida de sus compañeros, las mujeres se ven abocadas de repente a solucionar todos los problemas económicos de la familia y, simultáneamente, a manejar la negociación con los captores.

'Las deudas apremian'

Como los Arizmendi Meza, buena parte de las más de 20.000 familias afectadas por el secuestro en los últimos 8 años han perdido su estabilidad económica.

A hora y media de camino desde el salón de María Consuelo, en Tuluá, doña Noemí de Pérez sufre en silencio la ausencia del también ex diputado Édison Pérez, el menor de sus cinco hijos, quien se encargaba sostenerla.

La señora de 70 años, que interpuso una tutela para acceder a los honorarios que Pérez ha dejado de recibir en los últimos dos años, se enfrenta a la posibilidad de tener que compartir el dinero con Luz Grajales, madre de un niño de 8 años, hijo del diputado, quien después del plagio demandó al político por inasistencia alimentaria.

"La situación es crítica -opina Vicente Pérez, hermano del diputado-. Con el impacto del secuestro, la salud de mi madre se deterioró y las deudas apremian".

En Popayán, Gloria Pantoja, madre del sargento del Ejército Amaon Flórez, secuestrado en 1998 en Miraflores (Guaviare), se lamenta porque su hijo fue privado de la libertad justo cuando las condiciones de su familia empezaban a mejorar.

Amaon ingresó a las Fuerzas Militares luego de la muerte de su padre en un accidente, y tenía claro que él era la única opción para garantizar el sustento de su madre y sus tres hermanas.

A comienzos de 1998 fue trasladado al Batallón Joaquín París, en Miraflores. El uniformado, entonces con 25 años, había comprado un lote en el suroriente de Popayán, donde construía la casa que quería regalarle a su familia. Incluso planeaba pagar los estudios universitarios de sus dos hermanas menores.

Pero sus sueños se desvanecieron el 3 de agosto, con el ataque de las Farc a su base. Flórez, que estaba listo para su ascenso a sargento segundo, fue hecho prisionero.

Entonces, la salud de la madre se vino abajo. La casa nunca terminó de construirse y sus hermanas solo llegaron al décimo grado.

Hoy, doña Gloria cocina en casas de familia. Así puede comprar alimentos para ella, sus hijas y sus tres nietos. Lo más triste, dice Liliana, la hermana mayor del suboficial, es que desde octubre del año pasado no reciben pruebas de supervivencia.

Por su parte, Ángela Benavides, esposa de Evangelista Jiménez, uno de los ocho secuestrados que tiene Caldas, encontró en el bordado una opción para obtener ingresos.

Esta bacterióloga, de 42 años, padece la ausencia de su esposo desde hace 16 meses, cuando las Farc se lo llevaron de Anserma (Caldas). Como no tiene empleo, sus familiares le tendieron la mano.

"Quiero trabajar porque sé que puedo producir", dice mientras borda camisetas que después vende a sus amigas. Lo que más la preocupa es el estudio de sus hijos. El mayor empezó medicina en la Universidad de Manizales y, aunque sus tíos lo ayudan, ella teme que algún día no pueda continuar.

A Juanita, la menor, quien cursa tercero de primaria, se le acabó la beca que le dieron en el colegio. "Yo soy buena para pedir para los demás, pero no para mí o para mis hijos. No sé qué hacer", comenta Ángela.

Sin embargo, para la Directora de País Libre el tema económico termina siendo secundario, pese a todas las dificultades. "Nada puede superar el impacto sicológico de la angustia, la incertidumbre y el miedo generados por la ausencia", concluye la experta


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