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Íngrid, cosificada

16/04/2008 - Carlos Castillo Cardona. Columnista de EL TIEMPO

Un hombre o una mujer valen más que el dinero o la razón del poder. Necesitamos gobiernos más humanos.

El Alto Comisionado de Paz trata de tranquilizarnos con la afirmación de que Íngrid Betancourt no está en peligro de muerte.

Con ello refleja que el Gobierno piensa que nada grave ocurre si ella no muere. El señor Restrepo ve a los rehenes de la Farc como simples fichas políticas, como un objeto, una cosa molesta que hace parte de un diabólico juego en el que vale más no transigir y mantener el principio de autoridad, aunque su legitimidad esté altamente cuestionada por los enredos de la 'parapolítica'.

Las peores consecuencias del comportamiento de nuestra especie se producen por considerar y tratar a los otros como si fueran cosas. La historia debería ser vista como un constante progreso hacia la humanización, en el reconocimiento del otro como igual, en valorarlo y actuar en consecuencia. Hoy parece insólito que se abusara de negros e indígenas por considerar que carecían de alma. Pero, aunque pocos lo reconocen, no avanzamos mucho.

Nos estamos acostumbrando a ver a nuestros congéneres como objetos de explotación. Pueden ser maltratados y se puede abusar de ellos porque, finalmente, son instrumentos que deben satisfacer nuestros deseos y ambiciones. Son cosas los inmigrantes para Europa o los latinos y asiáticos para USA.

Objetos son las mujeres y los niños, por eso se desprecian y se abusa de ellos.

La cosificación del ser humano es la línea que atraviesa la injusticia, la desigualdad y las atrocidades. Sin ir más allá. ¿Cómo es posible que los 'paras' puedan declarar tranquilamente ser autores de miles de asesinatos si no consideraban cosas a los que mataban? ¿Qué explica que las Farc tengan secuestradas tanta gente por tanto tiempo? No hay razones políticas o económicas que puedan justificar estas retenciones. Al principio, los parientes y los amigos se resisten a aceptar que los secuestradores y las autoridades digan que los secuestrados son mercancía. Pero acaban por sucumbir. Especialmente en esta época en la que se pelea más por los secuestrados políticos que por los que lo son por razones económicas. Parece que todo adquiere tufillo de legitimidad si de economía se trata.

El caso de cosificación de Íngrid es lamentable y paradigmático. No sólo por lo que revelan las declaraciones del Comisionado de Paz, pues los secuestradores fueron los primeros en quitarle la verdadera condición humana, la libertad. Nadie puede estar en contra de los esfuerzos que se hacen para liberar a los secuestrados, sean los motivos que sean. Pero uno empieza a preguntarse por el aprovechamiento que hacen de Íngrid muchas de las personas que se abrigan con un falso interés humanitario.

Se envían aviones, se organizan manifestaciones, hay miles de entrevistas de los que dicen tener la solución. Íngrid sirve para propósitos políticos de Francia, Venezuela, Ecuador, Colombia, de cualquier otro y de sus presidentes. Es usada para que se olviden otros secuestrados. Está explotada por múltiples organizaciones, por los medios y hasta por nosotros, pues opinamos sobre ella.

Yo ya sólo confío en su madre y sus hijos, los únicos libres de toda sospecha. Es hora de que suelten a Íngrid ya. Que los suelten a todos.

Me niego a aceptar que las personas sean tratadas como cosas. Me cuesta asumir como principio que "el infierno son los otros".

Con mi maestra Goldsen y mi amigo Bibiowicz comparábamos las diferencias: antes se valoraba la humanización de un objeto, de un muñeco de madera, como ocurre con Pinocho en el libro de Collodi; hoy mandan los que le dan valor a convertir a los hombres en objetos o máquinas, como es el caso del coronel Austin, del libro de Caidin, y de la serie de televisión El hombre nuclear. Como hombre, no valía nada; como cibernético, valía un millón de dólares.

Un hombre o una mujer valen más que el dinero o la razón del poder. Necesitamos gobiernos más humanos.


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