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El héroe de la selva
No era para menos. Llevaba siete años y tres meses soñando con la liberación del quinto de sus hijos, según ella "el más apuesto" de los nueve que tuvo. "Un sábado, hace pocos días, soñé que veía a Julián en lo alto de una colina. Yo estaba parada abajo, al lado de un arbolito de feijoa, y él venía hacia mí –relata–. Desperté y esa mañana fui con una hija y compré un arbolito igual, que estuve cuidando con la esperanza de que allí anidaría su espíritu, pero a pesar de mis cuidados no crecía. Por esos días me fuí de vacaciones y cuando volví, al arbolito le habían salido flores. Para mí esa era una señal inequívoca de que mi hijo volvería". Doña Emperatriz, sin embargo, no pudo ver su sueño cumplido y ahora debe enfrentarse al dolor de la muerte de Julián en cautiverio en manos de las Farc, y a la angustia porque aún no sabe cuándo le harán entrega del cadáver. El capitán Guevara es la víctima número 20 muerta en medio del tire y afloje del Gobierno y las Farc por el acuerdo humanitario, y todavía se desconoce si fue asesinado o si murió víctima de una enfermedad. Cartas desde el cautiverioEl calvario del mayor Guevara empezó el primer día de noviembre de 1998, cuando 1.200 hombres del Bloque Oriental de las Farc arremetieron contra Mitú, la capital de Vaupés. A pesar de la superioridad numérica de la guerrilla, la aguerrida resistencia del coronel Luis Mendieta, comandante de la Policía de Mitú, y de sus 60 hombres –Guevara era subcomandante–, impidió que las Farc se instalaran en el pueblo antes de que llegaran los refuerzos. Incluso así, se vieron obligados a rendirse. Desde el primer día de cautiverio, el capitán Guevara y el coronel Mendieta se volvieron inseparables. En Bogotá, la familias esperaban ansiosas cualquier noticia. Hoy, doña Emperatriz, la madre del Capitán, repasa una y otra vez las seis cartas que recibió de su hijo y llora su muerte en medio de la selva sin saber en qué circunstancias. Las cartas le llegaron mientras duró la zona de distensión. Las primeras las recibió en sobre, con nombres. Eran largas y en ellas saludaba a sus hermanos: a ella le pedía cordura y tranquilidad y a su pequeña hija le daba consejos. La primera llegó el 21 de diciembre de 1998, pocos días después del secuestro. "Mami, es mejor que sumercé no se afane, no se preocupe que yo estoy bien –decía–. Ni usted ni yo sabemos cuánto tiempo estaré aquí. Por favor no se preste para ir a protestar ni a reclamarle a nadie". El Mayor es la víctima 20 en medio del tire y afloje por el acuerdo humanitario.Sin embargo, ella hizo oídos sordos, viajó varias veces a San Vicente del Caguán, hizo gestiones, habló aquí y allá, rogó, pidió, suplicó... La respuesta siempre fue la misma: "Todo está en manos del Gobierno". Pero ella no perdía la esperanza, no se entregaba, no se resignaba.Las cartas que siguieron fueron menos dramáticas, estaban llenas de recomendaciones sobre el cuidado de Ana María, su hija de seis años, y de respuestas a las preguntas que ella le hacía. "Mamá, si estoy tan flaco no es porque esté enfermo, es porque hago 500 flexiones de pecho en la mañana y otras 500 en la tarde para desaburrime", escribió en una carta fechada en 2000. Con el tiempo y a
medida que las relaciones entre el Gobierno y las Farc se hacían más
tensas y se deterioraba el diálogo en el Caguán, las misivas se hicieron
más breves y el buen ánimo del Capitán desapareció para darle paso a la
angustia. Doña Emperatriz se vinculó entonces a la Fundación Duelo y
Esperanza y con otras madres empezó a participar en las movilizaciones
organizadas por los familiares de los secuestrados frente al Capitolio
Nacional. No sirvió de mucho.
Una quinta carta llegó en 2001, cuando las conversaciones del Gobierno y las Farc se habían roto y ya no había zona de distensión. Está escrita en una hoja de cuaderno y en ella el Capitán le responde a su madre una carta en que ella le pide que tenga fe. "Si Dios es tan poderoso como dices, no permitiría que sufrieras de esta forma por mi secuestro, no permitiría que mi hija sufriera –escribe el Capitán–. ¿Por qué permite que estos malditos hagan sufrir así a nuestras familias?". Era claro que el Capitán había perdido el buen ánimo, que sentía angustia y algo de rabia por el abandono de Dios. Y la última, fechada en febrero de 2002 y escrita en un pedazo arrugado de una hoja de cuaderno, ya no dejaba duda: la desesperanza había hecho mella en el espíritu del Capitán. Saludaba a su madre y a cada uno de sus hermanos, a su pequeña Ana María, ya de 10 años y la remataba con un mensaje que incluso él mismo parecía sentir que sería el último: "Mamá a la niña se la recomiendo, cuídela, consiéntala pero no mucho". Año y medio después, en agosto de 2003, por un video que el periodista Jorge Enrique Botero hizo en el campamento donde estaban los secuestrados políticos, doña Emperatriz volvió a saber de su hijo. Lo vio mal, angustiado pero aun así aguerrido. Ella vio cómo, en medio de la grabación, su hijo se puso de pie y le reclamó al Mono Jojoy en nombre de todos sus compañeros por el estado de abandono y descuido en el que los tenían. "Ya no le interesamos a nadie. Yo no le intereso sino a mi familia", dijo. En los años siguientes la angustia y la zozobra fueron ganando terreno tras cada intento fracasado de concretar el intercambio humanitario. El martes 14 de febrero a las 10:00 p.m., una fecha que nunca podrá borrar de su memoria, doña Emperatriz supo que todo había terminado para su hijo y que su nieta Ana María cumpliría al día siguiente 14 años, una vez más en siete años sin la presencia del padre. Ahora sólo espera que las Farc le entreguen el cadáver y que Dios le permita entender por qué si la quería tanto dejó que su hijo se muriera. Al ataque El pasado
miércoles,
mientras en Bogotá la familia del mayor de la Policía Julián Ernesto
Guevara, les reclamaba a las Farc la devolución de su cadáver, en la
serranía de La Macarena varias familias lloraban la muerte de seis
policías asesinados por francotiradores de las Farc, cuando realizaban
una avanzada para asegurar el terreno donde debían adelantar sus labores
los erradicadores de la coca sembrada en ese parque natural.
Se trata del segundo ataque a la Policía desde que comenzó la operación Colombia Verde el 19 de enero, y ocurre nueve días después del ataque en el que perdieron la vida otros seis agentes. Es la respuesta de las Farc a la incursión de las fuerzas del Estado en un territorio que por años ha estado bajo su control. Como respuesta, el Presidente anunció el miércoles 15 desde Washington que bombardeará zonas de esa reserva natural para arrinconar a las Farc e impedir que sus acciones interfieran las labores de erradicación. El anuncio desató una oleada de críticas que vino a sumarse a las que se han hecho por la improvisación de la operación y la pérdida de vidas humanas. Los ambientalistas, que se oponen a la fumigación aérea de los cultivos de coca, una opción que gana terreno si fracasa la erradicación manual, han cuestionado los posibles bombardeos por los daños que pueden acusar al ecosistema. Como quien dice, palo porque bogas y palo porque no bogas. Como están las cosas habrá que escoger entre los males el menor. |